Siguiendo la tradición de las clásicas y entrañables radionovelas, os dejo un fragmento del relato "La mujer alta" de Pedro Antonio de Alarcón, gentileza de Carmen Hernández Montalbán.
Espero que os guste... y os asuste.
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jueves, 1 de diciembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
EL AMIGO DE LA MUERTE
Ensombrecida por su célebre cuento terrorífico La mujer alta (Narraciones inverosímiles, 1882), El amigo de la muerte, pieza escrita en 1852 por el granadino Pedro Antonio de Alarcón —a caballo entre la novela corta y el relato largo—, parece haber quedado relegada con el paso del tiempo a un discreto segundo plano entre su amplia y variada producción.
Sin embargo, si el lector de nuestros días se acerca a la misma, hallará en sus páginas un fascinante tesoro —quizá desapercibido— de la literatura fantástica española del siglo XIX; una narración intemporal y memorable que conviene rescatar del olvido, pues sólo conociendo el pasado podremos entender nuestro presente.
El amigo de la muerte, no sólo nos ofrece una prosa rica, elegante, ágil, amena y vertiginosa, sino que supone un auténtico despliegue de talento imaginativo por parte de su autor, articulado en torno a los siguientes elementos:
1. Costumbrismo: Una historia de base real, ambientada en los inicios del siglo XVIII español, cuya acción se sitúa durante el primer reinado borbónico, figurando entre sus personajes el propio rey Felipe V. La atmósfera cortesana, las intrigas palaciegas y los secretos de familia, son descritos con maestría por Alarcón, constituyendo, en suma, un fiel retrato de época.
2. Pasión: La de una madrastra rencorosa, la de un monarca sumido en la duda, la de una oscura deidad dolida por la ingratitud, la de una pareja de enamorados, Elena y Gil, que habrán de reencontrarse en circunstancias imprevisibles, cuyo amor desafiará las propias leyes naturales —el autor pone aquí su acento más romántico—.
3. Terror: La base esencial del relato. El elemento sobrenatural es la materialización de lo inexplicable, de lo ultra terreno, cuya mera cercanía atemoriza a todo aquel que, como también sucede en La mujer alta, atisba algo vagamente perverso, oculto a sus ojos mortales, generando cierta confusión. Sirva esta frase como ejemplo:
“La joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía, cual si contemplara el espectro de un difunto adorado”.
4. Ficción: En los últimos capítulos, cuando la lectura se hace más vivaz, a la espera del desenlace, la historia se reviste de un halo fantástico verdaderamente prodigioso, con imágenes dignas de los mejores maestros del género, las cuales, como ya señalé en un artículo anterior, convierten al autor de Guadix (en mi opinión) en un precursor.
5. Humor: La ironía nunca falta en los escritos de Alarcón. Salpican los capítulos guiños, confidencias o comentarios dirigidos al lector, pero siempre en su justa medida, sin exceso, consiguiendo el delicioso efecto de la narración oral.
6. Filosofía: Quizá el aspecto que más interés le da al relato. Perfectamente ensamblado con el tamiz fantástico, emana del texto una profunda reflexión acerca de la condición humana. También se funden por momentos sueño y realidad, evocando inevitablemente La vida es sueño, de Calderón de la Barca. El propio final, sorprendente y magistral, sugiere consecuencias tan interesantes como vigentes hoy en día.
Por todo ello, El amigo de la muerte es mucho más que una historia de terror; supone un regalo para todos los amantes del género, especialmente aquellos que gusten beber en los orígenes de la fantasía española, esos que, aunque no siempre notorios, nunca dejarán de sorprendernos.
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jueves, 25 de agosto de 2011
DESCUBRIENDO A PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN
En las tres últimas décadas del siglo XIX se completa el tránsito artístico del Romanticismo al Realismo. Es precisamente en esta época cuando la novela alcanza su mayoría de edad (1868) y se consolida como el modelo literario universal que hoy conocemos. El Realismo se acaba imponiendo en el viejo continente, pero como ocurre en los tránsitos —me atrevo a decir que en todos—, siempre queda un poso del movimiento anterior, que no muere, sino que muta y se transforma al calor del nuevo impulso estético, de modo que, añadidos cual estratos, estas dos sensibilidades conforman una amalgama tan uniforme como distinguible.En este periodo también se produce un fenómeno de consolidación del cuento, publicándose, por un lado, en periódicos y revistas, y por otro, con la aparición de libros dedicados exclusivamente al relato breve (Obras, de Bécquer, 1871 o Narraciones inverosímiles, de Pedro Antonio de Alarcón, 1882 son dos buenos ejemplos).
En efecto, la huella romántica no desaparece del todo —seguramente nunca—; seguirá presente, pero irá adquiriendo elementos nuevos que no harán sino transformar y enriquecer sus raíces. Algunos de los mejores cuentos fantásticos se escriben precisamente durante el periodo en que triunfan las novelas realista y naturalista. Fuera de nuestras fronteras, sirvan como ejemplo ilustrativo los nombres de Balzac, Henry James, Dickens o Maupassant.
Aquí en España, autores que hoy día consideramos plenamente “realistas”, se sintieron atraídos por la literatura fantástica. Como una especie de legado oscuro y olvidado, hallamos maravillosos ejemplos de relatos fantásticos; escritores de la talla de Vicente Blasco Ibáñez, Clarín, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós o Pedro Antonio de Alarcón, así lo atestiguan.
Este último, encarna a la perfección los cambios acaecidos en el último tercio del XIX. Personaje fronterizo, rebelde en su juventud, conservador en la madurez, el granadino Pedro Antonio de Alarcón que, a diferencia de su coetáneo Bécquer, conoció el éxito de crítica y público en vida —hasta fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua—, creó una obra cuentística realmente admirable. No en vano, él mismo valoró siempre más sus relatos cortos que sus novelas.
Entre 1881 y 1882 aparecen tres colecciones que recogen todas sus narraciones breves: Cuentos amatorios, Historietas nacionales e Historias inverosímiles.
A grandes rasgos, los aspectos que reflejan la evolución del estilo de Alarcón frente al ideal romántico —que mantiene también en algunos aspectos como por ejemplo sus personajes femeninos, muy “arquetípicos”, en la línea de otros autores como W. H. Hodgson— son:
Primero: El fenómeno sobrenatural se produce en un mundo que refleja fielmente la vida cotidiana, aproximándose así al lector (canon que defiende el inglés M.R. James).
Segundo: Lo sobrenatural irrumpe sembrando dudas en el lector, cuestionando una visión positivista de la realidad.
Tercero: El fenómeno sobrenatural ya no es definido con nombres concretos (vampiro, demonio, fantasma…), sino que se torna vago y confuso; el propio escritor no acierta a definirlo (en el periodo realista se habla de visiones, apariciones etc…). Así, en el magistral e inolvidable relato de terror La mujer alta, el protagonista se pregunta angustiado ante lo inexplicable:
“¿Es Satanás? ¿Es la muerte? ¿Es la vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es?”
No creo exagerado afirmar que estamos ante un pionero en muchos aspectos, a la altura de los mejores, y al que mucho debemos. Sus relatos son un placer para el lector: fluidos, amenos, entrañables, urdidos con inteligencia y maestría.
Finalmente, cabe destacar entre su variada producción, además de historias terroríficas, interesantes incursiones en el género policial (El clavo), la historia nacional (El carbonero alcalde), o el costumbrismo (La buenaventura).
Sólo los grandes permanecen incólumes. Merece la pena descubrirlos.
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