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martes, 16 de junio de 2015

LOS SUEÑOS MUERTOS

     Para el escritor José María Merino, los mejores cuentos son «aquellos que dejan una huella en la memoria». Criterio —añado yo— ampliable a narraciones que rebasan las fronteras del relato.
   Ciñéndonos al género fantástico, otro grande de las letras españolas, Antonio Muñoz Molina, afirma lo siguiente: «el ámbito de lo fantástico es la narración breve o, como mucho, la novela corta». Descubrir que alguien a quien admiras comparte tu misma idea (ésa que duerme agazapada en el cajón de tu intimidad), resulta tan grato como alentador. No obstante, a fe de ser sinceros, tampoco creo que se trate de un descubrimiento novedoso, pues la esencia, la raíz misma de la Fantasía se asienta en la tradición oral, y por tanto, en los cuentos que pusieron en palabras las historias escuchadas al amor del fuego.
      Autores inmortales como Poe o Quiroga señalaron en su día que, de entre todas las historias, aquéllas que agitan con más fuerza el corazón de los lectores son las que tienen como objeto causar miedo. Ningún otro género alcanza un grado de pujanza emocional como el terror.
   Los sueños muertos es una de esas historias que impresionaron mi alma hondamente, dejando un poso indeleble en mi memoria de lecturas disfrutadas, ésas que, como bien señala Merino, se quedan grabadas para siempre en el recuerdo.

      Varios son los argumentos que, a mi juicio, hacen de esta obra —único finalista del I Premio de Novela de Terror Ciudad de Utrera en 2013 y publicada por Autores Premiados en su colección Tanatos— una verdadera joya literaria. Y no sólo para los aficionados al género, sino para aquéllos que gustan de una literatura intensa, profunda y, sobre todo, de excelente calidad.
       Pocas veces forma y fondo se articulan de manera tan potente, desconcertante, eficaz, perturbadora. En conjunto, el libro desprende un halo que fascina, asombra y estremece por igual.
         No cabe duda de que, más allá de sus páginas, nos hallamos ante un escritor con mucho oficio a cuestas, de lenguaje cultivado y exquisito, arriesgado en su esquema narrativo —una suerte de rompecabezas—, que bebe de las fuentes de los clásicos y domina con maestría los resortes del terror. Francisco José Segovia Ramos, lejos de caer en tópicos, recursos, monstruosidades o visiones previsibles, ofrece una mirada diferente, nada convencional, originalísima, tremendamente audaz.
        Arrojo en el formato, en el «cómo se cuenta la historia», que de entrada parece «cortar» el ritmo en la lectura, desplegado en múltiples capítulos de muy corta extensión, con variaciones de escenarios y personajes que convergen en torno a un libro maldito.
        Sin embargo, a medida que uno se adentra en su atmósfera opresiva —cargada de reminiscencias a Lovecraft y al execrable Necronomicón—, el lector queda atrapado en una pesadilla abrumadora, impregnado por un aura de inquietud cuasi onírica del que ya no puede desprenderse. Es entonces cuando la obra se agiliza, se tensa, despliega un universo de locura donde habitan los horrores más blasfemos.
     Técnica y estilísticamente, Segovia Ramos despliega un riquísimo abanico narrativo, una prosa cultivada, a menudo magistral, aunando primera, segunda y tercera persona, prosa y poesía, con un lenguaje pulido y poderoso, exigente por momentos, alejado de cualquier «simplicidad comercial».

       Los aficionados al terror estamos de enhorabuena. Los sueños muertos (primer número de Tanatos) es fruto de un certamen (el Premio de Novela de Terror Ciudad de Utrera) que poco a poco se va consolidando en el espacio literario nacional. 

         La colección Tanatos —con tres libros publicados hasta la fecha— es ya toda una realidad.

miércoles, 11 de marzo de 2015

EL CUENTO


Prólogo para la Antología ABSOLEM de Relatos 

        Alguna vez, en algún momento, cuando aún no había palabras —salvo una suerte de gruñidos primigenios—, por medio de un lenguaje arcaico y gestual, no exento a buen seguro de riqueza expresiva, un homínido, un pariente nuestro, bajito y velludo a tenor de los indicios, sintió la necesidad, placentera, moralizadora, consustancial, de relatar.
         Tal vez fuera así, al amparo de la roca y el hechizo de las llamas, en las noches de completa oscuridad de aquel mundo incipiente, como nacieron los primeros cuentos. Memoria y legado trasmitido, generación tras generación, por medio de pinturas ancestrales y una oralidad aún por fraguar.
         Más tarde, las palabras que tejían ésas y otras historias conformaron un mensaje jeroglífico en la piedra, símbolos hendidos en arcilla, soportes que se fueron sucediendo: hojas de papiro, pergaminos, papel, la imprenta, artefactos digitales… Lenguaje poco a poco más complejo y, al tiempo, más poderoso. No en vano, desde entonces, en todas las épocas y lugares, los líderes políticos y espirituales han tratado de adueñarse de la Historia relatada.
         El cuento es, por su propia naturaleza, el vínculo iniciático del niño con la magia literaria, con el cosmos albergado en las páginas de un libro, sugerido en la fábula escuchada poco antes de dormir; chispa que estimula los tesoros de la infancia —imaginación y capacidad de sorpresa—, y que muchos, pese al paso del tiempo, o quizá por eso mismo, nos resistimos a perder.
        Frente al menosprecio reiterado hacia el relato breve, ABSOLEM apostó desde su origen por los cuentos, reivindicando su vigencia, su rabiosa actualidad en el panorama literario universal.

La presente Antología nos ofrece una excelente prueba de ello. Once cuentos que despliegan verdaderos universos, escritos desde el alma, cargados de pasión por el lenguaje y las historias bien contadas. Relatos que, sin duda, conmoverán al lector.
           


martes, 15 de octubre de 2013

EL POZO AMARGO, leyenda toledana


Acaba de ver la luz la quinta entrega de la revista literaria ABSOLEM. Este número está dedicado al sugerente y fascinante universo en que cohabitan Historia y Leyenda.
 
 
El pozo amargo, relato incluido en la misma, está inspirado en una antigua leyenda toledana. Con él he pretendido, por un lado, rendir homenaje al romanticismo becqueriano y, por otro, mostrar mi admiración por la instrumentista y cantante Ana Alcaide, gracias a la cual descubrí esta conmovedora historia, en una bellísima y homónima pieza musical que tuve la suerte de disfrutar, primero en directo, y más tarde en un precioso disco. A ella, a Ana Alcaide, quiero dedicar este cuento, pues fue su música, imbuida de lleno en el espíritu de la leyenda, la que inspiró esta versión.

 
 

 

 

viernes, 4 de octubre de 2013

HISTORIAS DEL OTRO LUGAR


¿En qué lugar habitan las quimeras? ¿Dónde acaba el sueño y empieza la vigilia? ¿Soñamos despiertos? ¿Vivimos presos de un letargo sensitivo? ¿Qué es, en realidad, la Realidad? ¿Por qué sentimos esa atracción irresistible hacia lo ignoto, hacia lo que palpita más allá? ¿Es sólo una cuestión de enfoque (tal vez distorsión perceptiva), o acaso hay algo más? ¿Existe una frontera, un cosmos diferente y a un tiempo cercano que no alcanzamos a entender, que se aleja por completo de las «leyes naturales»? ¿No perciben la mayor parte de animales con la fuerza del instinto, el mismo que el ser humano ha olvidado y que, como un atávico vestigio del pasado, nos deja muchas veces boquiabiertos? Si, como decía Arthur Machen, «nuestros sentidos superiores están embotados», ¿no deberíamos abrir la mente y regresar al territorio de los sueños perdidos, de la magia olvidada? ¿Qué hemos hecho con los niños que un día fuimos?

A veces, no obstante, las barreras se diluyen y ese espacio misterioso se hace más permeable; se produce entonces, como por arte de brujería, la impregnación de la fantasía en nuestro mundo material; es entonces cuando, desvalida la razón, podemos sentir la realidad del otro lado y su cohorte de criaturas y fenómenos extraños. Fenómenos que surgen normalmente en las regiones de la vida cotidiana, sencilla, doméstica, no importa el escenario ni la fecha temporal. Es el lugar que habita el miedo. La zona fronteriza que, visible o no, siempre está ahí, aguardando su momento como el predador que deja atrás su madriguera a la caída del sol.

Y es precisamente ese otro lugar, el espacio que corresponde a la ficción, donde el escritor José María Merino ha ubicado sus relatos a lo largo de más de veinte años de producción cuentística (y, también en gran medida, novelesca). Libros fascinantes como Cuentos del reino secreto (1982), Cuentos de los días raros (2004), El viajero perdido (1990) o Cuentos del barrio del refugio (1994), que la editorial Alfaguara reunió en un solo volumen bajo el título Historias del otro lugar (2010), verdadero regalo para los amantes de la literatura fantástica, edición revisada por el propio autor, sin duda, uno de los mejores cuentistas del panorama literario español del último medio siglo. Senda recorrida asimismo por paisanos suyos, escritores de la talla de Antonio Pereira o Luis Mateo Díez.

Académico de la Lengua Española (como Díez), Merino nos ofrece una prosa limpia, cuidada, soberbia, bellísima, y unas historias cuya lectura resulta tan deliciosa que casi se puede paladear. Enraizado en la tradición oral —las noches de filandón que aún perviven, casi como una reliquia, en el noroeste español—, embebido desde temprana edad por la lectura de Las mil y una noches y clásicos como Bécquer, Poe, y, sobre todo, Hoffmann —cuyo influjo tras leer El cascanueces y rey de los ratones, en palabras del autor, ha tenido una importancia decisiva en su extensa obra—. Más tarde, un sinfín de  autores (Lovecraft entre ellos) que fueron fecundando los mimbres imaginativos para conformar, con el tiempo, uno de los corpus narrativos más notables de nuestras letras —ya sea en el campo de la novela o del cuento breve—. Y ello (lo cual le honra especialmente), sin haber renunciado  (salvo un brevísimo periodo presionado por la ortodoxia imperante) a su pasión por el género fantástico, y que él mismo describe en estos términos:

«Ante la pertinacia realista que padecí en mi juventud, por designios muchas veces extraliterarios, me propuse, a mi aire, naturalizar lo fantástico en los ámbitos en mi experiencia vital y literaria».

Bajo el marco omnipresente de los bellos paisajes leoneses, Merino urde con esmero y maestría una realidad propia, singular, sustentada en la imaginación, pero también, o precisamente por ello, vívida, profunda y disfrutada. Ficción que, al insertarse en las rigideces de la vida cotidiana, cobra una dimensión más honda y cercana.

Cuentos en estado puro, entendidos como movimiento; movimiento que el relato ha de expresar en forma de tensión (dramática), del buen manejo del tiempo, o cierta culminación suya —arranque poderoso, golpe de efecto final, momento de gran energía—. En caso contrario, nos veríamos abocados al estatismo de un cuadro costumbrista, acaso a una prosa poética, pero no a la esencia misma que hace del cuento un género tan especial, condensada, como señala José María Merino, en estos cuatro principios esenciales: intensidad de conflicto, precisión de escenario, densidad e identificación del tiempo y la mayor brevedad posible. Sin olvidar otro aspecto no menos importante: la huella que la historia sea capaz de imprimir en el recuerdo del lector. Apunta Merino:

«Los cuentos que dejan su sombra en la memoria suelen ser los mejores»
 
 Algunos de ellos podrán hallarlos en esta joya literaria, en este libro de libros, en ese otro lugar.

           

 

martes, 17 de septiembre de 2013

PLENILUNIO


Aún es otoño y, sin embargo, la noche se abate con aliento de invierno prematuro. La luz de las farolas se espesa en una ligera bruma. Una puerta se ha cerrado en las angostas callejas del barrio histórico. El eco de unas suelas reverbera en avanzar apresurado contra el viejo empedrado. Alguien como usted o como yo deambula por la calle de una ciudad cualquiera; una ciudad de provincias, ni grande ni pequeña, donde todos se conocen más o menos. Alguien camina deprisa, el corazón batiendo en las sienes, sin un rumbo definido en apariencia. Sus pasos errabundos lo conducen a una plazoleta, a un paseo o un parque cualquiera. Alguien corriente y prosaico callejea confundido entre las pocas almas que a esa hora pululan por las arterias de la ciudad. La figura, anodina, avanza enfundada en una cazadora de imitación, con las manos hundidas en los bolsillos —esas manos grandes, de uñas rotas y filosas acostumbradas a desgarrar, que nunca dejan de oler a pescado—, aferrando en su interior un objeto que le da seguridad, que lo hace poderoso, con el que puede someter y dar rienda a su instinto más salvaje. Un hombre joven, cejijunto, con una apariencia tan común, tan vulgar, que hacen de él un simple rostro más diluido entre la masa apresurada. El insomnio, los madrugones, el agotador trabajo de sol a sol, el trato siempre amable con la clientela, con esa voz meliflua de chico educado, de hijo ejemplar. «Qué, ¿a dar una vuelta?». Una vecina del portal lo ve salir y piensa: «qué chico más formal». El hijo perfecto. La rutina lo aplasta, lo empuja a abandonar algunas noches el nauseabundo seno familiar donde no hay intimidad para masturbarse, para elevar el volumen de las películas porno que ahora ve en su cuarto —descartado hace tiempo el salón— y abandonarse a los jadeos, las succiones, las palabras impúdicas y groseras; imposible en el salón con ese par de vejestorios danzando alrededor. Pero tampoco allí encuentra sosiego. Ha puesto cerrojos en su alcoba y en el baño. Pero nada, no hay manera, no hay un momento de paz. Cuando está a punto de correrse siempre hay algo que lo echa todo a perder. Noche tras noche, siempre lo mismo. Otras veces conecta la radio y escucha la voz dulce y seductora de una locutora en la lenta madrugada. «¡Puta!, le espeta en voz alta mientras fuma y bebe con fruición clandestina». Sus padres siempre al acecho, el viejo con los pulmones desechos, la vieja plañidera, con la tele siempre puesta de la mañana a la noche, la caja destellando en las pupilas que no prestan atención. La vacuidad insoportable de unos padres decrépitos, imbuidos de una abulia permanente.

Alguien se dirige ahora a un bar, un bar cualquiera. Fuma y fuma y busca el pelotazo de ron en la nuca, el impacto vivificante, la excitación que lo consume. Dos tragos vacían la copa en la grasienta mezquindad del bar. Las manos, sus manos, que él frota y refrota con agua casi hirviendo, siguen oliendo a pescado, como una maldición. Hay en su conducta una suerte de repetición exacta, de trance ya vivido que no mengua, sin embargo, su ansia devoradora, la enorme calentura que le abulta en los vaqueros. Otra copa vaciada apenas en dos tragos. Deja el billete arrugado y sudoroso, que también huele a pescado, sobre el mostrador lleno de mugre. Otra vez el aire húmedo y fresco, el pálido resuello de un otoño que se marchita. Y la luna. La luna llena, como la otra vez. Todo igual. Todo una exacta repetición, como en un sueño ya soñado. Sin pensar, sólo dejándose llevar por el deseo. Arde el alcohol en sus entrañas y lo empuja hacia un portal, un portal cualquiera. La puerta está abierta; alguien entra en el ascensor. Y él sube. Dos seres en un cubículo de apenas un metro cuadrado. Todo casi igual, pequeñas diferencias, pero qué más da. Acaricia el objeto en el fondo del bolsillo y siente que va a reventar. «¿A cuál va? Al último, responde con voz suave».

En esa misma ciudad de provincias hay otro hombre que busca unos ojos, que vive en la obsesión de hallar a ese otro, husmeando en las calles como un sabueso, esperando el mínimo error, una pista, cualquier dato que le ayude a atraparlo. Busca unos ojos y está seguro de que sólo con verlos reconocerá las huellas del hombre que ha aterrorizado a la, hasta hace bien poco, letárgica ciudad. Pero ese otro, ese alguien que vaga al amparo de la luna llena, no es como usted o como yo. En sus ojos hay algo que lo hace diferente. Una imagen congelada en la retina, un atroz secreto que sólo él conoce. Los ojos de alguien corriente. Los ojos de un asesino.

 

Con humildad y profunda admiración, para Antonio Muñoz Molina.

viernes, 6 de septiembre de 2013

LA POÉTICA DEL ESCALOFRÍO


España, 1963. Años de penumbra, de lento amanecer libertario. Autores —sociedad en su conjunto— que viven bajo el implacable yugo de la censura no sólo artística, sino de cualquier orden no sometido a los dictados del Régimen. Dominio ejercido con mano férrea y despiadada, cuño inconfundible del poder totalitario. En esta realidad socio política de tonos grises, un dramaturgo rebelde, abiertamente antifascista, decide adentrarse —de forma casi inaudita a tenor de aquel contexto histórico— en los obscuros laberintos de la literatura fantástica y, más abiertamente, en la exploración de esa realidad invisible que subyace en el terror.

            Un año después, veía la luz la primera edición de Las noches lúgubres (Editorial Horizonte, 1964) del madrileño Alfonso Sastre. Edición que, como es natural, fue cercenada por los múltiples tijeretazos de la censura.

No sería hasta 1973 cuando apareció por vez primera la edición completa de esta obra (Biblioteca Júcar, Madrid), que, un trienio más tarde, obtuvo el Premio Viareggio para Literatura Extranjera, siendo traducida y publicada en italiano en el año 1976. Ya en la década de los 80, el libro se incluyó en la «Biblioteca de Terror» de Ediciones Forum (Barcelona) y Valdemar publicó su primera parte, Las noches del Espíritu Santo (Madrid, 1989) en su colección Tiempo Cero. También son diversas las antologías de literatura fantástica que a lo largo del tiempo han recogido alguno de los cuentos incluidos en Las células del terror, tercera y última parte de la novela.

Pero si hay algo que convierte esta obra en una pieza maestra de la fantasía es, amén del talento narrativo de su autor, el tratamiento que éste hace del horror, pues, rompiendo la ortodoxia —él mismo tilda el libro de «excursión o experimento»—, sazona deliciosas dosis de humor en cada una de sus páginas con la maestría propia de Valle-Inclán. Y este ingrediente (tan aparentemente paradójico que causa en el lector la sonrisa y hasta la franca carcajada) es inyectado por Sastre sin que la historia pierda ni un ápice de su esencia inquietante, de esa atmósfera opresiva y turbadora que envuelve cada una de sus historias de principio a fin.

Concitados en un carrusel delirante, los mitos clásicos del folklore terrorífico confluyen en medio de un paisaje urbano, cercano, tendente a lo sórdido, pero, sobre todo, reconocible y real: la presencia invisible, la vivencia anticipada del futuro, vampirismo, licantropía, apocalipsis, resurrección de los muertos, alteración espacio-tiempo… temas que se imbrican en una trabazón grotesca, siniestra, asombrosa, cruda, divertida, espeluznante, perfectamente engranada. Alfonso Sastre se revela un auténtico maestro en el retrato descriptivo de los bajos fondos (enlodándose sin rubor en las «cloacas sociales») y, asimismo, en la cohorte de estragos sintomatológicos causados por la embriaguez, cuya plétora de detalles introspectivos resulta a todas luces magistral —digna, me atrevo a sugerir, del mismo Dostoievski—. 

Quizá enervando a los puristas (no digamos ya a la censura), y, desde luego, con una conciencia reivindicativa que va más allá de la simple ficción terrorífica, Las noches lúgubres quiso —mensaje vigente hoy día— espolear la imaginación de los escritores realistas de su tiempo (imaginación entendida como «sentido de libertad»), precisamente como válvula de escape frente a una coyuntura social y política que aliena, que empobrece, que cercena todo atisbo imaginario. En suma, una forma de protesta jocosa, lúcida y brillante.

            Sin embargo, Sastre no se detuvo ahí. Ya desde su edición inaugural en los sesenta, el autor anunció a los lectores (que los tuvo) su intención de escribir una segunda parte del libro; secuela que se fue demorando en el tiempo y que obligó al escritor a disculparse, mediante notas, en las sucesivas ediciones que iban apareciendo, pues no lograba cristalizar las prometidas «Nuevas Noches Lúgubres».

Hubo que esperar al año 1982 para que los seguidores de Sastre y su rompedora creación fantástica pudieran hacerse con un ejemplar de El lugar del crimen (Argos Vergara), titulo elegido para la segunda entrega.

Tres son, también, las noches que componen esta nueva novela. Tres escenarios diferentes (California, Madrid-Barcelona y el País Vasco) y el mismo denominador común, imbuidos todos ellos de un cariz especialmente siniestro; no en vano, Sastre subtitula esta segunda parte con el término «Unheimlich» (siniestro). Pese a no alcanzar, en mi opinión, el nivel de la primera, El lugar del crimen tiene pasajes absolutamente memorables, en los cuales el autor hace gala de un portentoso manejo de lo horripilante, desbordando fabulación terrorífica por los cuatro costados.

A medida que avanza la lectura, la novela se hace más y más enrevesada, disparatada y surrealista. El lector se ve a merced de un caótico alud de colosal barroquismo narrativo que, sobre todo en su último acto, alcanza un clímax de alucinación apabullante. Como el propio Sastre apunta en su epílogo, «esta historia de horror ha de resultar a los ojos de un lector mesurado un espectáculo barroco de difícil lectura».

Rescatar, releer este clásico de la ficción terrorífica española es, aparte de un deleite literario, un deber casi moral. Que lo disfruten. Y que las noches sigan siendo lúgubres por siempre.




lunes, 19 de agosto de 2013

UN VISTAZO A LA LITERATURA FANTÁSTICA ESPAÑOLA

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La revista La Oruga Azul dedica su número de agosto a la Fantasía y el Misterio. Relatos, ilustraciones, poemas y artículos de lo más sugerente para los que amamos el género. Agradezco a Carmen Hernández Montalbán su iniciativa, así como la inclusión de mi artículo Un vistazo a la literatura fantástica española en la misma.


miércoles, 3 de octubre de 2012

HORACIO QUIROGA, LA CIMA DEL CUENTO MACABRO

 
Si alguien se detiene, siquiera un momento, a ojear cualquier fotografía de Horacio Quiroga (1878-1937), topará en seguida con dos ojos penetrantes; y, a poco que se fije, apreciará la carga de pesar que emana de ellos. Difícil no estremecerse ante una mirada así; difícil no preguntarse a qué tanta tristeza.

            Y si, guiados por la curiosidad, decidiéramos ahondar tras ese espejo cristalino, descubriríamos bien pronto que la vida de este escritor uruguayo estuvo marcada desde su más tierna infancia por una suerte de nefasta Fatalidad que, paradójicamente, inspiraría algunos de sus mejores relatos.

            A la muerte de su padre en un accidente de caza (cuando sólo tenía tres meses), le suceden, ya adulto, primero, el suicido de su padrastro —que sufre una terrible parálisis general—; después, un trágico accidente de caza en que Quiroga acaba con la vida de su mejor amigo, más tarde, la muerte de su esposa tras ingerir una dosis letal de cloruro de mercurio (previa discusión conyugal), y, como rúbrica a esta serie de desgracias, ausentes sus hijos y abandonado por su segunda mujer, su propio suicidio con cianuro tras serle detectado un cáncer incurable.

            Si a todo ello le añadimos su extraordinaria sensibilidad (acorde al soñador romántico que latía en su alma) y un carácter indomable —que chocó abiertamente con la mojigatería propia de la sociedad burguesa del Montevideo de principios del siglo XX— hallaremos las claves que, a un mismo tiempo, esconde y revela su grave mirada.

            Por ello, no es de extrañar el fuerte vínculo emocional que le unió desde la adolescencia con su gran «maestro» Edgar Allan Poe.

Sin embargo, a diferencia de otros seguidores —de los tantos que ha tenido a lo largo de la historia el gran poeta de Baltimore— Quiroga perfeccionó el cuento macabro hasta cimas asombrosas, convirtiéndose, según mi criterio, en indiscutible maestro del «golpe de efecto», a la altura de genios como el propio Poe o Guy de Maupassant (otra de sus grandes referencias literarias).

Conocido sobre todo por sus deliciosos cuentos de la selva (deudores de su admirado Rudyard Kipling, influjo imprescindible en su obra), e inspirados en la tradición oral y en su estancia en la región argentina de Misiones —selva  situada en el corazón de la América virgen y salvaje de la época—, su magnífica contribución a la literatura de terror ha quedado relegada, salvo honrosas excepciones, a un injusto segundo plano.

Horacio Quiroga —imbuido de su propia existencia atormentada por la culpa— maneja como nadie el complejo universo de la alucinación, la angustia, la obsesión, el fatalismo, la venganza y la locura. Sus cuentos son auténticas joyas del mejor horror macabro, despertando en el lector una zozobra que va in crescendo, para, finalmente, concluir con «hachazos» estremecedores. Relatos como El hijo —quizá el cuento más impactante que he leído en mi vida—, La lengua, El almohadón de pluma, La gallina degollada, El yaciyateré, Los guantes de goma, La miel silvestre o Las rayas, por citar sólo algunos, ilustran a la perfección el despliegue de talento y el dominio de la narración breve que alcanzó el autor uruguayo.

Menos conocidas, pero igualmente soberbias, son sus novelas cortas (o relatos largos, según se prefiera), urdidas con venenosa maestría, de corte folletinesco, al estilo de los pulp americanos, de entre los cuales sobresalen El hombre artificial (que fusiona magistralmente el terror más atroz y la ciencia ficción), El mono que asesinó, Las fieras cómplices y El devorador de hombres.

El propio Quiroga plasma su visión del cuento en su Decálogo del Perfecto Cuentista, compendio resumido de las claves que, a su juicio, ha de tener toda narración breve (espléndida fuente de aprendizaje para aquellos que aspiramos a seguir su legado).

Extraigo, a modo de conclusión, dos consejos del mismo:

Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov (aquí incluyo QUIROGA)— como en Dios mismo.

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

Por mi parte, siempre he creído un deber reivindicar la figura de Horacio Quiroga, al que admiro profundamente, y cuyo «influjo macabro» sigue fluyendo, intacto, por mis venas literarias.

 

lunes, 6 de agosto de 2012

TEMBLOR


El mundo agoniza. Un Imperio matriarcal y decadente, controlado con mano férrea por una élite sacerdotal, se desmorona fatalmente. Poco a poco languidece, víctima de su propia corrupción y de una Ley —rígida, inflexible, incuestionable— que apenas logra contener la rebelión, soterrada, que extiende su red desde los confines de Magenta, la capital, el centro de gobierno y de poder.

            La Rueda Eterna, el ciclo vital en apariencia inmutable, está a punto de detenerse. Durante siglos la memoria de los Anteriores se ha perpetuado a través de las nuevas generaciones, adolescentes que han gozado de este privilegio, convirtiéndose, a su vez, en Anteriores de otros jóvenes. Sin embargo, las Casas de los Grandes (lugar de aprendizaje), se pudren, vacías ahora, cubiertas por el polvo y el olvido.

El viejo mundo se tambalea y los jóvenes escasean. Cada vez que alguien fallece, la materia pierde forma, se desdibuja en una inquietante bruma oscilante. El vientre de las mujeres, otrora fértil, está, desde hace tiempo, yermo y baldío.

Es una tierra condenada por la niebla del olvido, que todo lo circunda, que avanza como un veneno directo al corazón del Imperio, marchitando todo a su paso, deshaciendo poco a poco sus contornos.

En este tiempo, ni siquiera la Mirada Preservativa, truco al fin y al cabo, es capaz de detener lo inexorable.

Agua Fría, la protagonista de esta vertiginosa novela, es una joven elegida para ingresar en la élite religiosa. Mediado su aprendizaje en el oscuro e imponente Talapot —vasto edificio donde habita la cúspide eclesial—, emprenderá un largo e incierto viaje en busca de respuestas, de una libertad soñada, de una salvación in extremis, suponiendo para ella, además, una búsqueda más íntima y profunda; el camino que la guíe al encuentro consigo misma.

Un mundo que es, a un mismo tiempo, futuro y pasado, cuyo origen (tras la Gran Catástrofe), es, en mi opinión, el giro más sugerente de la narración. Un viaje legendario en que se funden ecos místicos, mágicos, medievales, épicos o tribales. Tejido hábilmente, aunque en ciertas partes resulta algo inocente y previsible, mantiene el interés, ganando intensidad conforme avanza la lectura.

Las mujeres son las grandes protagonistas de esta historia de tintes apocalípticos, pues ellas lideran (salvo el caso de la remota tribu Uma, anclada en una vida embrutecida y ancestral) este universo decrépito y moribundo. Rigen el poder supremo, dominan los saberes arcanos —como la hipnosis, vedada al sexo masculino—, encabezan partidas de mercaderes, gobiernan comunidades rebeldes, o se erigen en fieras guerreras. Y es que en ellas —mujeres de toda clase y condición— reside el misterio del origen de la vida, algo que, cuando el final se abate como un ave funesta, adquiere, si cabe, una relevancia casi espiritual.   

Temblor (1990), es una novela que sólo podía escribir una sensibilidad femenina. Además de una reflexión sobre la propia condición humana, destila fantasía por los cuatro costados, y, probablemente, supone, junto a Olvidado rey Gudú (1996) de Ana María Matute, una de las más sorprendentes y acertadas incursiones en el mundo de la fantasía legendaria en la literatura española contemporánea. Su autora, la periodista y escritora madrileña Rosa Montero, es una firma conocida del gran público (habitual del diario El País y colaboradora en revistas como Fotogramas).

 ¿Se trata de un hecho excepcional en nuestras letras? ¿Publicaría libros de terror, ciencia ficción o fantasía la editorial Seix Barral a autores «desconocidos»?

En todo caso, al margen de disfrutar de su prolífica y variada obra, Rosa Montero demuestra que se puede narrar una historia fantástica con una prosa digna de la mejor novela realista. Bella, ágil, intensa, poética en muchos momentos, la escritura de Montero es, sin duda, una de las claves del éxito que, en forma de galardones, han acompañado a esta autora desde que, en 1997, ganara el Premio Primavera de novela.

Tras la publicación de Temblor, Rosa Montero ha seguido cultivando, a intervalos, el género fantástico. Así, en 2005 apareció la fábula El Rey Trasparente, y, más recientemente, la novela Lágrimas en la Lluvia (2011).

Una espléndida ocasión para descubrir su narrativa y acercarse a la visión contemporánea de la ficción legendaria en lengua castellana.

Ojalá el ejemplo «transgresor» de Rosa Montero no sea una excepción. Ojalá sirva para que editoriales y autores apuesten por este espléndido legado literario. Ojalá.

 

sábado, 9 de junio de 2012

NOCHES LÚGUBRES


Acostumbrados como estamos a pensar que España sufre desde hace siglos un “retraso crónico” en todos los órdenes culturales —razones más que justificadas no faltan, desde luego—, llama poderosamente la atención que fuera aquí donde surgiera, de la pluma e ingenio de un soldado gaditano, la primera obra romántica europea, anticipándose varios años al Wérther de Goethe.

Noches Lúgubres (1771), de José de Cadalso y Vázquez es, además del libro que inaugura la literatura romántica del suicidio en toda Europa, el primer poema en prosa de la literatura española y, junto a las Cartas marruecas (1774) compone la obra maestra de Cadalso, uno de los escritores imprescindibles del siglo XVIII, el siglo dominado por la razón.

El propio Cadalso —hijo de la Ilustración— era consciente de la radical novedad literaria de las Noches lúgubres, y así, imaginó para ellas una edición con un diseño totalmente rompedor: “La impresión sería en papel negro con letras amarillas” (¿Habrá sido un influjo para las portadas de la colección gótica de la editorial Valdemar?).

Esbozado inicialmente tras la muerte de un amigo del poeta, el libro adoptó su forma definitiva ante la inesperada muerte del gran amor de Cadalso, la joven actriz María Ignacia Ibáñez. Vestir con ropas negras, amar la noche y abominar del sol, adoptar una actitud hondamente melancólica, despreciar la sociedad, alejarse del mundo o anhelar la muerte como dulce y último remedio a tanto pesar —elementos incluidos en la obra—, son valores que incluso hoy día, en pleno siglo XXI, siguen estando latentes, no sólo en el mundo del arte, sino también en la propia sociedad (en forma, por ejemplo, de “tribus” urbanas).

Del profundo y “siniestro” influjo que las Noches cadalsianas tuvieron con posterioridad a su aparición, hablan bien a las claras las 47 ediciones que alcanzó la publicación a lo largo del siglo XIX —baste citar los nombres de Larra y Bécquer—, y ello, a pesar de la censura inquisitorial que, en 1817 (el nefasto regreso del “deseado” Fernando VII recuperó el Santo Oficio abolido en Cádiz), tras una denuncia en Córdoba (ante el caso de un joven, ávido lector del libro, que amenazaba reiteradamente con suicidarse), condenó la obra por “contener muchas expresiones escandalosas, peligrosas e inductivas al suicidio, al desprecio de los padres y al odio general de todos los hombres”.

Y es que José de Cadalso, digno heredero de Quevedo, no dejaba títere con cabeza en sus escritos. Su visión crítica de la humanidad no puede ser más caústica y demoledora, más satírica y apabullante. De sus páginas emana siempre un humor corrosivo, inteligentísimo y punzante. Escritor de máscara jocosa y carácter tétrico, soldado “medio filósofo” (como él mismo se definía), comparte con Espronceda la frase —esclarecedora— de este último: “mi propia pena con mi risa insulto”. Reflejo de esta profunda aflicción vital, huérfano ante el universo (ausente Dios, solitario, desvalido en medio de una sociedad falsa e hipócrita), no es de extrañar que Tediato, el abatido héroe de las Noches, exclame en mitad de la espesa negrura:

“¡Bienvenida seas, noche, madre de delitos, destructora de hermosura, imagen del caos del que venimos! Duplica tus horrores; mientras más densas, más gratas me serán tus tinieblas. Las tinieblas son mi alimento.”

La clave para comprender este tormento interior de Cadalso está, como no podía ser de otra forma, en las circunstancias que, desde la propia cuna, marcaron su vida, y que, por su carácter folletinesco, darían para una gran novela. Huérfano de madre a los dos años, con un padre acaudalado comerciante siempre ausente por negocios (al cual conoció a la edad de 13 años), marcaron a Cadalso dos aspectos extremos: lujoso bienestar material y ausencia de apoyo afectivo. Pepe —como también gustaba llamarse— trataría de compensar más adelante esta carencia afectiva buscando, aquí y allá, amigos fraternales. Acogido en casa de un abuelo materno, sería un tío suyo (profesor jesuita en Cádiz) el encargado de persuadir a su padre para que enviara al chico a estudiar con los jesuitas franceses. Es así como, con 9 años, inicia Cadalso su periplo europeo; primero como escolar en París; después en Londres donde pasa una larga temporada. Más tarde, su padre le “ordena” regresar a España. Este retorno supuso un verdadero impacto para el joven poeta: “Entré en un país que era totalmente extraño para mí, aunque era mi patria. Lengua, costumbres, traje: todo era nuevo para un muchacho que había salido de niño de España y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés”.

La nula estima del padre de Cadalso hacia los jesuitas y las dudas sobre la futura profesión de su hijo —militar o sacerdote—, decidieron al padre de Cadalso a “sacarlo” de Madrid y enviarlo, nuevamente, fuera de España. Este peregrinaje llevará al muchacho por Italia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Holanda. Con la muerte de su padre, llegó también la ruina económica. Y así, Cadalso optará por la carrera de las armas, ingresando en el Regimiento de Caballería de Borbón como cadete, unidad en la que, poco antes de su muerte (le estalló una granada defendiendo Gibraltar en 1782), llegaría a rango de Coronel.

Crítico implacable, cosmopolita, políglota, satírico, sensible, patriota, extraño del mundo y de los hombres, José de Cadalso encarna en sí mismo el personaje de Tediato—romántico protagonista de las Noches lúgubres—. Justo es reivindicar su figura humana y literaria; un regalo, deleitarse con su talento.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA LLUVIA AMARILLA


Un pueblo abandonado por sus habitantes, ruina y decadencia en derredor, recuerdos que la lluvia —la lluvia amarilla— diluye y desdibuja, confundiendo pasado y presente. Un tiempo inútil, en todo caso. Tan vano como el esfuerzo de su último habitante, Andrés, por mantener viva la llama de Ainielle, de su memoria, de sus gentes, de su lucha diaria por sobrevivir. Historias y vidas anónimas que parecen no importar ya a nadie, ni siquiera a aquellos que, años atrás, partieron de su seno.

Hogares invadidos ahora por la maleza, las zarzas y ortigas (sus nuevas moradoras), arruinados por el abandono y los estragos del tiempo, los estragos de la lluvia que cada otoño cubre de hojas amarillas la tierra y las almas, la misma que, inexorablemente, destruye todo a su paso, aquella que envejece a los hombres, que borra poco a poco, primero los perfiles más cercanos (un tejado, un árbol, una calle) y, más tarde, cuando ya no hay remedio, cuando ya no hay vuelta atrás, la propia memoria del hombre —también amarilla— y, con ella, su frágil existencia.  

Cuando se apaga la temblorosa luz del día y caen las sombras sobre Ainielle —como si nunca fueran ya a marcharse—, gravita entre los decrépitos escombros del pueblo un murmullo gélido y misterioso, tan soterrado que apenas quiebra la quietud de las tinieblas. Testigo de la ruina y el fin inevitable, Andrés de Casa Sosas, el último habitante del pueblo, se enfrenta con ímprobo esfuerzo (baldío a todas luces), no sólo a la muerte de Ainielle y su comarca, sino al ocaso de un modo de vivir que los años y el olvido enterrarán para siempre.

Con cada crepúsculo, con cada triste atardecida, Ainelle se llena de fantasmas que regresan —en realidad, nunca se fueron— de las sombras. Ellos, los espectros, moran bajo un sórdido paisaje de muros y maleza, deslizándose entre liquen y despojos. Algunos (los más cercanos a Andrés), acuden todas las noches a sentarse en el escaño de la única cocina que aún se mantiene tibia. Otros, jadean en cuartuchos largo tiempo cerrados, repitiendo la misma macabra cadencia, los mismos estertores que, aún en vida, fueron la antesala de su muerte. Esta presencia silente acompaña, cada noche, entre la desazón y el escalofrío, a Andrés, quien, al igual que ellos, contempla indefenso, cansado y rendido, el rostro de la muerte.

Y al fin, cuando ya ni siquiera el montañero sepa que allí hubo una vez un pueblo, quizá entonces los fantasmas de Ainielle descansen en paz. 

Emotiva, intensa, trágica, narrada en primera persona con pulso desgarrador —inolvidable monólogo de Andrés, su protagonista—, la novela del escritor leonés Julio Llamazares La lluvia amarilla (1988), rezuma tanta belleza como dramatismo, tal hondura como precisión léxica. A lo largo de esta obra, Llamazares despliega una prosa poética sublime, portentosa, bellísima, lo cual la sitúa, en mi opinión, entre las cimas literarias españolas del pasado siglo XX.

Sólo desde el corazón —y, obviamente, aunando talento y esfuerzo— es posible escribir como lo hace Llamazares. Sólo desde el compromiso por el trabajo sincero, bien hecho, despreocupado por el brillo de los premios, la fama o el éxito “social” (que, como bien refleja en su novela El cielo de Madrid, siempre es, en definitiva, vacuo y superfluo).

Hace cosa de un año, tuve la ocasión de preguntar al propio Llamazares sobre “la honestidad en la literatura”. Su respuesta no dejó lugar a dudas. Baste decir que su sinceridad constituye un ejemplo para aquellos que, humilde y modestamente, disfrutamos de este oficio, de este “arte de escribir”, sin más intención, sin otro ánimo que seguir disfrutando con ello y, por supuesto, tratando de mejorar.

Honestidad, queridos lectores, es La lluvia amarilla, y honesto, el hombre que la escribió; aquél que quiso rendir homenaje a su propio pasado, al legado de tantas generaciones, pues, como Andrés de Casa Sosas, Julio Llamazares también nació en un pueblo que ya no existe.

Parafraseando a Rubén Darío, creo que este libro bien pudiera reflejar esta enseñanza: no saber adónde vamos puede resultar, ciertamente, negativo; sin embargo, mucho peor es olvidar de dónde venimos.

Y es que sin memoria, simplemente, no somos.