viernes, 13 de julio de 2012

SÁBADO NEGRO CALIENTA MOTORES


Os presento el reportaje emitido hoy mismo, 13/07/2012, por ABTve que incluye varias entrevistas a escritores albaceteños como Alberto López Aroca, Eloy Cebrián, Menchu Garcerán y un servidor. Un pequeño aperitivo para el Sábado Negro. Ya falta menos...

sábado, 9 de junio de 2012

NOCHES LÚGUBRES


Acostumbrados como estamos a pensar que España sufre desde hace siglos un “retraso crónico” en todos los órdenes culturales —razones más que justificadas no faltan, desde luego—, llama poderosamente la atención que fuera aquí donde surgiera, de la pluma e ingenio de un soldado gaditano, la primera obra romántica europea, anticipándose varios años al Wérther de Goethe.

Noches Lúgubres (1771), de José de Cadalso y Vázquez es, además del libro que inaugura la literatura romántica del suicidio en toda Europa, el primer poema en prosa de la literatura española y, junto a las Cartas marruecas (1774) compone la obra maestra de Cadalso, uno de los escritores imprescindibles del siglo XVIII, el siglo dominado por la razón.

El propio Cadalso —hijo de la Ilustración— era consciente de la radical novedad literaria de las Noches lúgubres, y así, imaginó para ellas una edición con un diseño totalmente rompedor: “La impresión sería en papel negro con letras amarillas” (¿Habrá sido un influjo para las portadas de la colección gótica de la editorial Valdemar?).

Esbozado inicialmente tras la muerte de un amigo del poeta, el libro adoptó su forma definitiva ante la inesperada muerte del gran amor de Cadalso, la joven actriz María Ignacia Ibáñez. Vestir con ropas negras, amar la noche y abominar del sol, adoptar una actitud hondamente melancólica, despreciar la sociedad, alejarse del mundo o anhelar la muerte como dulce y último remedio a tanto pesar —elementos incluidos en la obra—, son valores que incluso hoy día, en pleno siglo XXI, siguen estando latentes, no sólo en el mundo del arte, sino también en la propia sociedad (en forma, por ejemplo, de “tribus” urbanas).

Del profundo y “siniestro” influjo que las Noches cadalsianas tuvieron con posterioridad a su aparición, hablan bien a las claras las 47 ediciones que alcanzó la publicación a lo largo del siglo XIX —baste citar los nombres de Larra y Bécquer—, y ello, a pesar de la censura inquisitorial que, en 1817 (el nefasto regreso del “deseado” Fernando VII recuperó el Santo Oficio abolido en Cádiz), tras una denuncia en Córdoba (ante el caso de un joven, ávido lector del libro, que amenazaba reiteradamente con suicidarse), condenó la obra por “contener muchas expresiones escandalosas, peligrosas e inductivas al suicidio, al desprecio de los padres y al odio general de todos los hombres”.

Y es que José de Cadalso, digno heredero de Quevedo, no dejaba títere con cabeza en sus escritos. Su visión crítica de la humanidad no puede ser más caústica y demoledora, más satírica y apabullante. De sus páginas emana siempre un humor corrosivo, inteligentísimo y punzante. Escritor de máscara jocosa y carácter tétrico, soldado “medio filósofo” (como él mismo se definía), comparte con Espronceda la frase —esclarecedora— de este último: “mi propia pena con mi risa insulto”. Reflejo de esta profunda aflicción vital, huérfano ante el universo (ausente Dios, solitario, desvalido en medio de una sociedad falsa e hipócrita), no es de extrañar que Tediato, el abatido héroe de las Noches, exclame en mitad de la espesa negrura:

“¡Bienvenida seas, noche, madre de delitos, destructora de hermosura, imagen del caos del que venimos! Duplica tus horrores; mientras más densas, más gratas me serán tus tinieblas. Las tinieblas son mi alimento.”

La clave para comprender este tormento interior de Cadalso está, como no podía ser de otra forma, en las circunstancias que, desde la propia cuna, marcaron su vida, y que, por su carácter folletinesco, darían para una gran novela. Huérfano de madre a los dos años, con un padre acaudalado comerciante siempre ausente por negocios (al cual conoció a la edad de 13 años), marcaron a Cadalso dos aspectos extremos: lujoso bienestar material y ausencia de apoyo afectivo. Pepe —como también gustaba llamarse— trataría de compensar más adelante esta carencia afectiva buscando, aquí y allá, amigos fraternales. Acogido en casa de un abuelo materno, sería un tío suyo (profesor jesuita en Cádiz) el encargado de persuadir a su padre para que enviara al chico a estudiar con los jesuitas franceses. Es así como, con 9 años, inicia Cadalso su periplo europeo; primero como escolar en París; después en Londres donde pasa una larga temporada. Más tarde, su padre le “ordena” regresar a España. Este retorno supuso un verdadero impacto para el joven poeta: “Entré en un país que era totalmente extraño para mí, aunque era mi patria. Lengua, costumbres, traje: todo era nuevo para un muchacho que había salido de niño de España y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés”.

La nula estima del padre de Cadalso hacia los jesuitas y las dudas sobre la futura profesión de su hijo —militar o sacerdote—, decidieron al padre de Cadalso a “sacarlo” de Madrid y enviarlo, nuevamente, fuera de España. Este peregrinaje llevará al muchacho por Italia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Holanda. Con la muerte de su padre, llegó también la ruina económica. Y así, Cadalso optará por la carrera de las armas, ingresando en el Regimiento de Caballería de Borbón como cadete, unidad en la que, poco antes de su muerte (le estalló una granada defendiendo Gibraltar en 1782), llegaría a rango de Coronel.

Crítico implacable, cosmopolita, políglota, satírico, sensible, patriota, extraño del mundo y de los hombres, José de Cadalso encarna en sí mismo el personaje de Tediato—romántico protagonista de las Noches lúgubres—. Justo es reivindicar su figura humana y literaria; un regalo, deleitarse con su talento.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA LLUVIA AMARILLA


Un pueblo abandonado por sus habitantes, ruina y decadencia en derredor, recuerdos que la lluvia —la lluvia amarilla— diluye y desdibuja, confundiendo pasado y presente. Un tiempo inútil, en todo caso. Tan vano como el esfuerzo de su último habitante, Andrés, por mantener viva la llama de Ainielle, de su memoria, de sus gentes, de su lucha diaria por sobrevivir. Historias y vidas anónimas que parecen no importar ya a nadie, ni siquiera a aquellos que, años atrás, partieron de su seno.

Hogares invadidos ahora por la maleza, las zarzas y ortigas (sus nuevas moradoras), arruinados por el abandono y los estragos del tiempo, los estragos de la lluvia que cada otoño cubre de hojas amarillas la tierra y las almas, la misma que, inexorablemente, destruye todo a su paso, aquella que envejece a los hombres, que borra poco a poco, primero los perfiles más cercanos (un tejado, un árbol, una calle) y, más tarde, cuando ya no hay remedio, cuando ya no hay vuelta atrás, la propia memoria del hombre —también amarilla— y, con ella, su frágil existencia.  

Cuando se apaga la temblorosa luz del día y caen las sombras sobre Ainielle —como si nunca fueran ya a marcharse—, gravita entre los decrépitos escombros del pueblo un murmullo gélido y misterioso, tan soterrado que apenas quiebra la quietud de las tinieblas. Testigo de la ruina y el fin inevitable, Andrés de Casa Sosas, el último habitante del pueblo, se enfrenta con ímprobo esfuerzo (baldío a todas luces), no sólo a la muerte de Ainielle y su comarca, sino al ocaso de un modo de vivir que los años y el olvido enterrarán para siempre.

Con cada crepúsculo, con cada triste atardecida, Ainelle se llena de fantasmas que regresan —en realidad, nunca se fueron— de las sombras. Ellos, los espectros, moran bajo un sórdido paisaje de muros y maleza, deslizándose entre liquen y despojos. Algunos (los más cercanos a Andrés), acuden todas las noches a sentarse en el escaño de la única cocina que aún se mantiene tibia. Otros, jadean en cuartuchos largo tiempo cerrados, repitiendo la misma macabra cadencia, los mismos estertores que, aún en vida, fueron la antesala de su muerte. Esta presencia silente acompaña, cada noche, entre la desazón y el escalofrío, a Andrés, quien, al igual que ellos, contempla indefenso, cansado y rendido, el rostro de la muerte.

Y al fin, cuando ya ni siquiera el montañero sepa que allí hubo una vez un pueblo, quizá entonces los fantasmas de Ainielle descansen en paz. 

Emotiva, intensa, trágica, narrada en primera persona con pulso desgarrador —inolvidable monólogo de Andrés, su protagonista—, la novela del escritor leonés Julio Llamazares La lluvia amarilla (1988), rezuma tanta belleza como dramatismo, tal hondura como precisión léxica. A lo largo de esta obra, Llamazares despliega una prosa poética sublime, portentosa, bellísima, lo cual la sitúa, en mi opinión, entre las cimas literarias españolas del pasado siglo XX.

Sólo desde el corazón —y, obviamente, aunando talento y esfuerzo— es posible escribir como lo hace Llamazares. Sólo desde el compromiso por el trabajo sincero, bien hecho, despreocupado por el brillo de los premios, la fama o el éxito “social” (que, como bien refleja en su novela El cielo de Madrid, siempre es, en definitiva, vacuo y superfluo).

Hace cosa de un año, tuve la ocasión de preguntar al propio Llamazares sobre “la honestidad en la literatura”. Su respuesta no dejó lugar a dudas. Baste decir que su sinceridad constituye un ejemplo para aquellos que, humilde y modestamente, disfrutamos de este oficio, de este “arte de escribir”, sin más intención, sin otro ánimo que seguir disfrutando con ello y, por supuesto, tratando de mejorar.

Honestidad, queridos lectores, es La lluvia amarilla, y honesto, el hombre que la escribió; aquél que quiso rendir homenaje a su propio pasado, al legado de tantas generaciones, pues, como Andrés de Casa Sosas, Julio Llamazares también nació en un pueblo que ya no existe.

Parafraseando a Rubén Darío, creo que este libro bien pudiera reflejar esta enseñanza: no saber adónde vamos puede resultar, ciertamente, negativo; sin embargo, mucho peor es olvidar de dónde venimos.

Y es que sin memoria, simplemente, no somos.

sábado, 21 de abril de 2012

CUENTOS DE SOMBRAS (El otro yo)

Prosiguiendo con la clasificación del poeta José María Parreño (iniciada en el artículo anterior), hallamos el tercer tipo de sombra: 

*Importancia de la sombra como prueba de la humanidad de su dueño (e identidad funcional de sombra e individuo, es decir, lo que le pasa a uno repercute en el otro).
         La sombra se funde con su “dueño”, del que es tan inseparable y dependiente como cualquier órgano “físico” de su cuerpo. He aquí algunos ejemplos antropológicos:
En las tradiciones procedentes de la enorme franja entre Rumanía y las montañas caucásicas, se recurre a “enterrar sombras” en los cimientos de una casa a fin de que esta sea (según la creencia popular) más sólida y resistente. De Gales, surge la leyenda en que Fionn mata a Cuirrech clavándole una lanza a su sombra. O una curiosa ley germánica del Medievo, que infligía castigos a la sombra del condenado.
Esta idea encarnaba un sinfín de peligros que obligaban a proteger la sombra propia (como una suerte de “esencia” que da vida al cuerpo y que, si sufre cualquier daño, repercutirá irremisiblemente en aquel que la proyecta). En este sentido, es muy curiosa la tradición china en los entierros, en los cuales la gente se cuidaba muy mucho de que su sombra pudiera proyectarse en el interior del féretro cuando éste se cerraba; los propios sepultureros, en tanto introducían en la fosa el ataúd, amarraban su sombra al cuerpo con cintas de tela.
Por supuesto, además de una defensa “material” (casi carnal), esta protección también ha estado vinculada a la magia.
Otra vertiente de la sombra es su consideración como “equiparable, igual a su dueño” —lo cual nos sumerge en la idea clásica del “doble” (no perderse la excelente antología a cargo de Juan Antonio Molina Foix Alter ego, cuentos de dobles publicada por Siruela en su colección Libros del tiempo, o el magnífico relato Onuphirus, verdadero compendio fantástico, escrito por Theophile Gautier) —. El resultado puede ser, bien la simbiosis total, bien una especie de prolongación de las facultades humanas.
A su vez, la sombra también ofrece (entendida como “prolongación” de cualidades) un efecto protector, beneficioso, cuyo ejemplo más significativo se cita en pasajes de la Biblia como este: “El ángel le contestó y dijo: el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra…” (Lucas 1, 35).
Por otra parte, la ausencia de sombra siempre se ha asociado, por un lado, con seres fantásticos que carecen de ella (hadas, ogros, elfos, el propio Diablo) y por otro, a humanos que, mediante extrañas violaciones de las leyes naturales o pactos demoniacos, se han desprendido de ella.
Uno de los símbolos más interesantes al respecto es el vínculo de la sombra con el paso del tiempo, lo que, automáticamente, convierte al que la pierde en un ser inmortal (Peter Pan, eternamente niño, cuya sombra yace en un cajón).
En La mujer sin sombra, de Hugo Von Hofmannsthal, la protagonista carece de sombra por ser hija de Keikobad, rey de los espíritus. Cuando ésta decide ir en busca de su sombra, ha de renunciar a su poder para sumirse en las limitaciones de la “miseria” humana. Proyectar sombra equivale a ser humano, es decir, a ser imperfecto, defectuoso y, en último término, “esclavo” de las leyes naturales.

* Comportamiento independiente de sombra y cuerpo.
Esa “otra imagen”, ese ser que es, a un mismo tiempo, proyección y antagonista, adversario y opuesto, alcanza su cima literaria en el clásico El doctor Jekill y Mr. Hyde, de Robert Luis Stevenson. Otra memorable novela para no perderse, es El doble, de Dostoievski.
         Criaturas engendradas por nosotros mismos, reflejo (como la sombra) de aquellos demonios (evocando otra obra de Dostoievski)  que todos albergamos en nuestro interior, quizá esa parte inconsciente de la mente humana que está “en sombra” —como señala Carl Jung—. ¿Acaso fue esa propia visión la que espantó a Juan sin Miedo? (delicioso cuento anónimo).
Encarnación perfecta de esta idea, curiosidad en las letras españolas, la novela corta titulada La sombra, de Benito Pérez Galdós, retrata un personaje cuyos celos enfermizos acaban por dar vida a un enemigo mortal. O el cuento El vendedor de sombras (a modo de fábula oriental), de Cristina Fernández Cubas, que moraliza en torno a aquellas personas que “se miran en su propia sombra”.

* Otras manifestaciones.
Al margen de estos cuatro tipos señalados por José María Parreño, la sombra adquiere, además, otra morfología más amplia o más difusa, según se exprese a través de la imaginación del escritor. La mítica Tierra Media de Tolkien alberga al Balrog, un dios del mundo antiguo que es a la vez “la sombra y la llama”. O la lúgubre Mordor, “la tierra donde mueren las sombras”.
Tampoco escapa a la imaginación de H.P. Lovecraft este elemento natural, tornándose, bajo su genio cósmico, en algo inquietante, sugerente y espantoso, como ocurre en su relato La sombra que huyó del chapitel.


La sombra, contrapeso de la luz, no sólo es una constante en la literatura fantástica: es, además —y quizá ese sea su poder— el símbolo de un lado oscuro y misterioso en el ser humano, certeza de la que ninguno de nosotros puede escapar.

martes, 3 de abril de 2012

CUENTOS DE SOMBRAS (Fantasía y Oscuridad)

Si hay un fenómeno natural que podemos calificar como “intrínseco a la fantasía”, ése es, sin ningún género de duda, LA SOMBRA. Y lo ha sido desde el principio mismo de la humanidad, desde el momento en que el ser humano vio extenderse, a sus pies, una silueta negra; aquélla que él mismo proyectaba. Color y oscuridad se funden en las pinturas más remotas halladas hasta la fecha. Como cuenta Plinio el Joven (en el libro 34 de su Historia Natural) acerca del origen de la pintura: “… consistió en circunscribir con líneas el contorno de la sombra de un hombre”.

Más próximo en el tiempo (con respecto a las primeras manifestaciones pictóricas) El episodio de la caverna que Platón relata en su inmortal obra La República (380 a.C.) ejemplifica, claramente, la idea de la sombra como metáfora de lo irreal, reflejo del conocimiento imperfecto e inasible, convirtiéndose, de esta forma, en el símbolo de la ausencia, es decir, de aquello que, o bien, no es (no existe), o bien, se confunde con lo real (origen de su ambigüedad). Y es que la sombra va a ser siempre algo irreal, que existe por contraposición a otra cosa, a diferencia de aquélla, real y tangible.

La sombra no existe sin luz: simplemente, no es posible. No puede darse en ausencia de ésta. Por ello, cuando aparece, lo hace siempre por contraste, jamás por exclusión.

Al margen de los clásicos griegos, también la Biblia, el budismo, el taoísmo, o la mística musulmana han empleado la sombra como metáfora de la mera apariencia, sin sustancia material.

Otro aspecto sumamente arraigado en la cultura universal es la dimensión espiritual que pueblos de todas las épocas han atribuido a la sombra (no sólo del hombre, sino, también, de animales y objetos): en ella se hacen “visibles” rasgos inmateriales, con frecuencia “inconscientes”, de aquel ser —vivo o inerte— que la genera.
En este sentido, el escritor José María Parreño, siguiendo precisamente este rastro “espiritual” en la literatura, distingue cuatro tipos de manifestaciones:
* Aparición de la sombra, desligada del cuerpo, a la muerte del individuo.
En este caso, la sombra podría equipararse al espíritu, que asume la apariencia del fantasma tradicional (en un plano intermedio entre los vivos y los muertos, cuyo ejemplo clásico se halla en el descenso al Hades del héroe Ulises, retazo de la célebre Odisea homérica. Esta imagen reproduce un ser, en apariencia, corpóreo, a veces difuso, y, con frecuencia, perverso.

Desde finales del siglo XVIII y hasta nuestros días, encontramos infinidad de relatos en los cuales, estas entidades, son protagonistas. Ejemplos magníficos son Onuphrius o las vejaciones fantásticas de un admirador de Hoffmann, de Theophile Gautier o Sombra, de Edgar Allan Poe. Asimismo, como dato curioso, también surgen esta clase de fantasmas en la literatura clásica china, pero, a diferencia del concepto occidental, éstos no producen el menor sobresalto.

Por otra parte, una de las concepciones más arraigadas que parten de esta idea “espiritual”, es la que ha identificado la sombra con el alma humana. Llegados a este punto, topamos inevitablemente con el enorme influjo del cristianismo en la idea de alma como la dimensión inmaterial —y más valiosa— del ser humano. No hay infierno más terrible que la condena del alma (recordemos el clásico gótico de Charles Robert Maturin Melmoth el Errabundo).

Sin embargo, en otras culturas, esto no ha sido así. Para algunas tribus indias de Canadá, al morir el hombre, alma y sombra se separan, yendo la primera al reino del lobo, y vagando la segunda entre la tumba del difunto. En África, en cambio, hay tribus sí que fusionan ambas entidades. Algunas, incluso, prohíben jugar a los niños con su sombra, por considerarla una de las tres almas del hombre.

* Desaparición temporal o definitiva de la sombra en vida del dueño.
Retornando a nuestro espacio cultural europeo, la sombra se ha considerado como una especie de “cuerpo que encierra el alma”: la pérdida de la sombra supone, irremisiblemente, la pérdida del alma. Algunos ejemplos de esta simbología son: La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de A. Von Chamisso, en la tradición romántica germana, el relato anónimo El milagro de Teófilo, leyenda popular del siglo VI, y, la deliciosa narración de Oscar Wilde El pescador y su alma, verdadero compendio de la mejor fantasía, deudora de la fábula oriental, de todos los tiempos.

martes, 6 de marzo de 2012

EL REY DE AMARILLO (La génesis del Necronomicon)

La irrupción del escritor norteamericano Robert William Chambers en el panorama literario de finales del siglo XIX con su libro de relatos El Rey de Amarillo (1895), provocó una verdadera conmoción dentro del género fantástico. En efecto, sus primeros cuentos rompieron los “moldes sobrenaturales” conocidos hasta entonces. Son las suyas, historias dotadas de una personalísima visión del horror que, transcurrido más de un siglo, no han perdido un ápice de intensidad.

Pero ¿qué hace tan atractivos estos relatos?
Para empezar, Chambers “juega” a su antojo con la realidad, creando una atmósfera de pesadilla cuasi onírica —si no directamente onírica— que, en muchos casos, también se imbuye de un tono alucinatorio (en este sentido nos recuerda a Gustav Meyrink, otro grandísimo maestro de esta clase de recurso narrativo).
El resultado es una lectura que nos sumerge en lo inestable, lo inseguro, lo inconcebible y, en suma, lo impredecible. Una realidad “mutada” que arrastra al lector a sentir miedo, precisamente —y éste es un aspecto claramente “moderno”—, ante la desconcertante incertidumbre, muchas veces sugerida.

Como efecto, nos vemos incapaces de discernir entre lo que es tangible y objetivo, y, por tanto, “real”, de lo completamente “demencial” e inconcebible. Uno de los mejores ejemplos a este respecto es el magistral y macabro cuento El reparador de reputaciones. Otra historia interesante es La máscara, en la cual, a través de una serie de hechos inquietantes y angustiosos (surgidos bajo una atmósfera muy parisina, en la línea de Oscar Wilde), se funden a la perfección terror y tragedia. Quizá donde el autor americano lleva al súmmum esa ambientación opresiva y marcadamente alucinatoria sea en su relato En el pasaje del Dragón.

El cuento favorito de H.P. Lovecraft, no obstante, fue siempre El Signo Amarillo. En él, una vez más, Chambers fluctúa entre dos realidades simultáneas. Poco a poco, insidiosamente, la atmósfera se torna irrespirable y opresiva (salpicada con dosis magistrales de terror macabro) hasta que el relato alcanza el clímax, preludio de un tremendo “golpe de efecto” final.

Como ya apunté en el artículo precedente, es la invención del espantoso libro El Rey de Amarillo (curiosamente una obra de teatro en verso) —que articula toda la serie—, su mayor contribución a la posteridad, hasta el punto de que, del resto de su obra, cantidad, por otra parte, tremendamente ingente (un total de 90 novelas) nada o casi nada se recuerda.

Puede que el “abandono” de este tipo de ficción tuviera algo de culpa, pero lo cierto es que Chambers, dotado de una gran facilidad para la escritura, tocó casi todos los géneros (detectives, ciencia ficción, historias para niños, novelas históricas, libretos de opereta y, su gran especialidad, la novela romántica y costumbrista, que le granjeó el éxito del público desde el principio). Por ello, no es de extrañar que su literatura fantástica quedara poco a poco arrinconada, excepción hecha —al margen del consabido Rey de Amarillo— de los siguientes títulos:

El creador de lunas (1896). Segundo libro de relatos fantásticos. El cuento que da título a esta serie está a caballo entre la novela corta y el relato largo, con una primera parte “folletinesca” e intrigante, y una segunda donde irrumpen la fantasía oriental y el terror de forma asombrosa, conformando, a la vez, un universo terrorífico, fascinante y exótico.
The Mystery of Choice (1897)
The tree of Heaven (1907)
The Slayer of Souls (1920)

Retomando El Rey de Amarillo, su actual celebridad de se debe, en gran parte (conviene recordarlo), al influjo que éste tuvo sobre el gran maestro del terror del siglo XX, Howard Phillips Lovecraft, quien, inspirado por este libro blasfemo, ideó su conocido y memorable Necronomicon —atribuido al poeta árabe Abdul Al-Hazred—, cuyos efectos devastadores sobre todo aquél que osa adentrarse en su ominoso contenido (al que aguarda la muerte o la locura), lo dotan de un halo no menos espantoso que su predecesor, El Rey de Amarillo.

Es bien conocida la increíble repercusión que el espantoso Necronomicon ha tenido (y, de hecho, tiene en la cultura de nuestros días, cuya maligna atracción sigue fascinando a una legión de apasionados de todo el orbe). Ríos de tinta, versiones de toda índole, búsquedas con tintes verosímiles, artículos que ahondan en su supuesto “origen real”, constituyen, a todas luces, un auténtico fenómeno que trasciende lo meramente literario.

¿Hubiera surgido el Necronomicon de no haber existido El Rey de Amarillo? ¿Debe éste su fama a la arrolladora sombra lovecraftiana, o tiene, en sí mismo, tanta fuerza per se como el Necronomicon?
Estas cuestiones suenan mi mente. De lo que no cabe la menor duda, en cambio, es que nos hallamos ante dos de los mayores tesoros que un lector de terror puede disfrutar imaginando, pues, como es bien sabido, ninguno existió jamás... ¿o, tal vez sí?

domingo, 19 de febrero de 2012

EL REY DE AMARILLO (Orígenes)

Con frecuencia, cuando uno echa un vistazo —siquiera por encima— a las biografías de los escritores de literatura sobrenatural entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX, suele toparse con una cadena de tragedias de toda índole, a saber: alcohol, láudano, opio, problemas económicos, suicidios, aislamiento, trastornos de personalidad y un largo etcétera que —estoy convencido—, haría las delicias de un buen psicoanalista.

Sin embargo, la vida está llena de excepciones. En las antípodas de estos estereotipos se encuentra el norteamericano Robert William Chambers (1865-1933). Curiosa paradoja, tras su obra “maldita” EL REY DE AMARILLO, se esconde un hombre que vivió plácidamente, sencillo, de carácter tranquilo y cuyas aspiraciones literarias se ceñían a ser, en sus propias palabras, “un simple proveedor de historias para miles de lectores de clase media y alta, ansiosos de emociones”.

Chambers nació en el seno de una familia aristocrática. Su padre era un famoso juez y su madre descendía de Roger Williams (fundador de Rhode Island de origen escocés). Esto le permitió vivir siempre en un estatus cómodo, sin la necesidad apremiante de ingresos que otros literatos sí tuvieron. No obstante, Chambers jamás se “aburguesó”, y no dejó de trabajar con empeño a lo largo de su vida. Muy pronto, el joven Robert se decantó por el dibujo, y así, en 1895 comienza a estudiar en la New York Art Student’s League y comienza a hacer ilustraciones para importantes revistas y periódicos americanos.

Un año más tarde se traslada a Paris para perfeccionar sus estudios. La “capital mundial del arte” marcará para siempre su vida, empapándole de aquel ambiente bohemio, libertino e intelectual que bullía en torno al Sena. Chambers lleva consigo a todas partes un cuaderno en el que toma notas, pensando recoger, en un futuro, todas las anécdotas y experiencias vividas durante su estancia en Paris. Como resultado, en 1894, Chambers publica su primer libro: In the quarter (compendio de aquella etapa). Asimismo, el germen de este universo se trasladará a algunos de sus inolvidables cuentos fantásticos, como, por ejemplo, La máscara.

En 1895 aparece EL REY DE AMARILLO, selección de relatos de terror que supuso toda una revolución en el panorama literario del momento, un verdadero “antes y después” de la ficción sobrenatural. Para gran sorpresa del autor, el libro se convertiría de inmediato en un gran éxito de ventas, público y crítica, así como un pujante influjo en escritores posteriores, el más universal de todos ellos, el propio H.P. Lovecraft.

Es conocida la mutación que sufre la narrativa terrorífica a finales de XIX. La metamorfosis llegará de la mano de autores que abandonan definitivamente los elementos “góticos” y se adentran en una concepción “moderna” del fenómeno espectral. Arthur Machen, E.F. Benson, M.R. James, Algernon Blackwood, W.H. Hodgson, Friz James O’ Brien, Ambrose Bierce o Lord Dunsany, ejemplifican este cambio. Surge así, el sentimiento de “pavor cósmico” ante lo incomprensible y, al propio tiempo, la aproximación, por vez primera, a fundamentos de carácter ancestral, esotérico y pseudo-científico en los relatos de corte fantástico.
De este modo se genera una visión de lo sobrenatural mucho más realista y, por tanto, más creíble y convincente que antaño. Jacques Bergier definió este modelo como “cuento materialista de terror” (cuyo máximo exponente es, sin duda, H.P. Lovecraft, quien, a su vez, emplea la expresión “realismo-fantástico” para referirse a esta simbiosis). Y, también en la misma línea, el francés Maurice Renard define sus obras como “científico-maravillosas”.

Pero volvamos al libro que nos ocupa.
Los precedentes de EL REY DE AMARILLO, pueden rastrearse, en primer término, si atendemos a la admiración que Chambers sentía por su compatriota Ambrose Bierce. En este sentido, Robert W. Chambers fue un verdadero pionero a la hora de introducir (abiertamente) elementos de otros autores, desarrollarlos y, por tanto, dotarlos de vida propia, iniciando así una tendencia que perdurará hasta nuestros días. De los relatos Un habitante de Carcosa o Haïta, el pastor —ambos de Bierce— adoptará elementos como la ciudad de Carcosa, o personajes como Hali y Hastur que, más adelante, acabarán formando parte de los Mitos de Cthulhu.El segundo antecedente lo encontramos en el clásico cuento de Edgar Allan Poe La máscara de la Muerte Roja, cuya imagen evoca los andrajosos ropajes que viste el Rey de Amarillo.

Otra fuente que pareció inspirar al norteamericano es la obra teatral Salomé de Oscar Wilde.
Pero, sin lugar a dudas, la mayor aportación de Chambers en esta obra, es precisamente la invención del espantoso libro que da título a la misma (El rey de amarillo), cuya lectura provoca —en palabras de Lovecraft— “sobresalto, locura y tragedia espectral, logrando un notable grado de miedo cósmico”. Este blasfemo volumen se convierte en el hilo conductor, telón de fondo omnipresente, de unos cuentos que, en mi opinión, destacan sobre todo por una personalísima visión del horror, alcanzando una altura “macabra” inquietante y genial.

En definitiva, una narración que hizo trizas los cánones presentes en su época, y que, hoy día, sigue produciendo un escalofrío irresistible.

miércoles, 15 de febrero de 2012

PRIMERA ANTOLOGÍA "SUEÑOS DE OPIO"


VALENTIA AUTORES es una editorial (no al uso) distribuida por España y Sudamérica que reúne, a través de su plataforma web, artistas de todo tipo; escritores, compositores, actores e ilustradores colaboran en la creación y desarrollo de novelas, audio libros, cómics y relatos.

Incluida en su colección SUEÑOS DE OPIO, acaba de publicarse su primera antología de relatos de terror, que incluye los 21 cuentos seleccionados en el primer certamen de este género organizado por la editorial.

Desde la Luna de Hielo, quiero agradecer al jurado la selección de mi relato MALA CAÍDA en la misma, así como desearles toda la suerte del mundo en su andadura creativa. Toda una apuesta que merece nuestro apoyo y reconocimiento.





sábado, 21 de enero de 2012

ZOTHIQUE, EL LEGADO (II)

Además de una fabulosa legión de divinidades, Clark Ashton Smith (1893-1961) introdujo en el universo de Zothique, el último continente, una serie de elementos y personajes que, vistos con perspectiva, resultan sumamente atractivos e interesantes. Sirvan como ejemplo los siguientes:

El espejo del mago ermitaño Sabmon
(que prefigura el “palantir” de Saruman en El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien).

• Nioth Korgai
(ser de origen extraterrestre que ejemplifica —con un delicioso tono sugerente— las características más espantosas de los mejores Mitos de Cthulhu).

• Los Corceles de Thamogorgos (sirven al señor del abismo)

• La Muerte de Plata
(gélida y espectral, una peste contagiosa que bien pudiera ser una especie de homenaje a La muerte roja de Edgar Allan Poe).

• Los antiguos dioses de Hyperborea
(referencia a otra de sus asombrosas creaciones).

Este espléndido conjunto literario conforma, en suma, una de las mitologías de fantasía, terror y ciencia ficción más bellas que se hayan escrito.

Pero más allá de esta excelente mezcolanza, para comprender el calado de la obra de Clark Ashton Smith, conviene echar un vistazo a su biografía, la vida de un artista en el sentido más amplio de la palabra.

Destacado poeta a muy temprana edad (alabado por la crítica especializada del momento que llegó a compararlo con Yeats y Byron), excelente escultor (qué no se pagaría hoy por sus criaturas inspiradas en los mitos lovecraftianos), pintor y escritor de fantasía y terror, cultivó numerosas facetas del arte, aunando siempre buen oficio, talento y sensibilidad.

Como Lovecraft, Smith fue un recluso introvertido, un solitario alejado de convencionalismos, de modas y con escaso interés por los bienes materiales, como muestra esta frase extraída de una carta fechada en 1912: “Ese animal de miras únicamente económicas que es la Masa”.
Abandonó el colegio con 14 años, en parte para ayudar a sus padres en su granja (adquirida en Auburn, Long Valley, California, y que, dado lo rocoso del terreno, apenas daba para subsistir), y en parte porque no soportaba hallarse entre mucha gente —odiaba el bullicio del colegio—. Fue, por tanto, un autodidacta (al igual que Robert Howard y el propio Lovecraft). Lector voraz, comienza a escribir en sus ratos libres al tiempo que trabaja en la granja. Sorprende su extraordinario manejo del inglés, pero además de su lengua materna, dominaba también el francés —traducía a Baudelaire— y era capaz de escribir versos en español.

Entre 1907 y 1910 inicia su andadura literaria escribiendo fantasías de corte oriental, así como una novela (la única), que nunca vio la luz, y de la que se conserva el manuscrito original, prácticamente ilegible. De hecho, esta primera etapa ha sido bautizada por sus historiadores como periodo de las “noches árabes”.

Los siguientes veinte años se dedicó a escribir poesía, aprendiendo al mismo tiempo a esculpir y dibujar. En 1912 publica su primer libro de poemas y la repercusión de éste será inmediata, cosechando muy buenas críticas. Hasta tal punto fue así que el Consejo de Educación decidió colocar su poemario en todas las bibliotecas del país.

En 1918 publica su segunda colección de poemas, un tanto más floja. En ese momento su salud empieza a resentirse: su familia apenas tiene para alimentarse y ha de hacer frente a la hipoteca de su propiedad. Smith trabaja en otras granjas adyacentes a la suya a cambio de un salario “de esclavo”, como él mismo decía.

Entre 1923 y 1925, edita por su cuenta dos pequeñas colecciones de poemas y, tras cinco años publicando poesía en Weird Tales, se ve preparado para enviar a Farnsworth Wrigh (el redactor jefe) una selección de relatos cortos. En 1928, con 35 años, se publica su primer cuento, The Ninth Skeleton (primero de los 65 que aparecieron durante su carrera en la revista).

Mecenas y adinerados paliaron en parte su precaria situación, si bien es cierto que Smith carecía de ambiciones y gustaba, pese a todo, de una vida plácida.

A principios de 1929 comienza a cartearse con otros miembros del selecto grupo de escritores de Weird Tales como August Derleth, E.Hoffman Price, Henry Kuttner y, sobretodo, H.P. Lovecraft, con quien mantuvo ocho años de amistad epistolar, forjando una relación intensa de mutua y afectuosa admiración. Es a partir de esta época, y hasta 1935, cuando llega su periodo más creativo y productivo, ideando sus tres grandes universos: Zothique, Hyperborea y Averoigne.

Precisamente, E. Hoffman Price, que conoció en persona a Smith y lo visitó con frecuencia en su granja, escribió acerca de él:

“Cavaba pozos. Trabajaba en los huertos que florecían en las laderas de Auburn. Aserraba y cortaba maderos. Usaba sus manos con lo que tuviera más cerca, y era capaz de escribir como quisiera y lo que quisiera sin importarle los editores o lo lectores a los que no les gustaba su obra. Clark jamás envidió la fama ni quiso ser un escritor profesional”.

martes, 3 de enero de 2012

ZOTHIQUE, EL LEGADO (I)

Entre 1928 y 1939, una fabulosa generación de escritores cambió por completo la anclada literatura fantástica de principios del siglo XX, dotando al género de un impulso tan vigorizante y decisivo que, pese a atibajos posteriores, nunca volvería a ser el mismo. Un legado mágico que sigue vivo hoy día, latente, fuente inagotable de inspiración para novelistas y cineastas del siglo XXI.
Aquellos fueron los años dorados para la revista norteamericana Weird Tales que, de la mano del entonces redactor jefe Farnsworth Wrigh (y pese a sus caprichosas exigencias), apostó decididamente por un nuevo tipo de cuentos y autores. De este modo, poco a poco, se produjo una transformación completa del relato fantástico que cristalizaría a posteriori (como ocurre casi siempre), pues la actual veneración que sienten los coleccionistas de esta publicación, dista mucho de la tibia acogida en su época.



Entre aquél ilustre grupo de escritores cuyos relatos contribuyeron a cimentar el mito presente, se hallaba el trío —más tarde conocido como “los tres mosqueteros de Weird Tales”— integrado por H. P. Lovecraft, R. E. Howard y C. A. Smith, nada menos. Tres figuras emblemáticas, artífices de la mejor literatura sobrenatural, no sólo del pasado siglo XX, sino, con toda certeza, de todos los tiempos.



Cada uno de ellos, fiel a su estilo, ejemplifica una peculiar forma de entender la literatura y, en general, del oficio de escribir. Cada uno de ellos creó por separado mitologías o ciclos fantásticos, los cuales, indefectiblemente, acabaron convergiendo y entretejiéndose a la perfección (como el caso de los Mitos de Cthulhu).



Sin embargo, más allá del gusto personal, del número de seguidores o la cantidad de obras producidas, lo que sí parece evidente (al menos en España) es que, tanto la fuerza arrolladora y creativa de Howard, como el indiscutible papel de gran maestro del horror atribuido a Lovecraft, han relegado a Clark Ashton Smith a un segundo plano. Tampoco ha ayudado en demasía que las ediciones en castellano de sus libros más importantes (publicados hace más de 30 años por EDAF) resulten dificilísimos de adquirir.



Algunos de sus mejores relatos (de los 65 que publicó en Weird Tales), no obstante, pueden hallarse en diversas antologías como:



- El retorno del brujo y Ubbo-Sathla, Cthulhu, una celebración de los mitos (Valdemar gótica, 2001).
- Estirpe de la cripta, Los mitos de Cthulhu (Alianza editorial, 1969).
- La Venus de Azombeii, Weird Tales (1923-1932), (La biblioteca del laberinto, 2006).



Tras años de ansiosa espera, al fin disponemos de un cuidado volumen de Zothique, el último continente publicado por Valdemar en su colección gótica.



Dieciséis relatos se ambientan en el mundo de Zothique, concebido por Smith como el último continente de una Tierra envejecida, apenas calentada por un sol moribundo; un universo temible, caduco, oscuro, misterioso y salvaje, en que los prohibidos saberes ancestrales —la magia y la brujería— resurgen con más fuerza que nunca. Un cosmos poblado por extrañas criaturas, nigromantes, aventureros errantes, o reyes cuyo hastío y depravación no conocen límite.
Zothique es un prodigioso derroche de talento, imaginación y calidad literaria que supera incluso (en mi opinión) a Howard y Lovecraft en muchos de sus impresionantes pasajes.
La mejor espada y brujería (arqueros, lanceros, magos, demonios, doncellas, nigromantes, astrólogos) se combina admirablemente con una variada legión de seres: mitológicos, como las lamias, clásicos, como momias o vampiros, híbridos, como los Ghoris del desierto, o animales con facultades antropoides, como los pájaros de Ornava.



Pero quizá sea el fabuloso panteón de deidades ideado por el californiano a lo largo de la serie, su aportación más asombrosa y extraordinaria. Enumero, a modo de ejemplo, algunos de ellos—sobrecogedores protagonistas de algunos relatos—, pues ilustran a la perfección la magistral visión de este maestro de la fantasía y el terror:



-Vergama, enigmática deidad que escribe el destino de la humanidad.


-Mordiggian, el dios-demonio carroñero, el invisible devorador de muertos.
-Alila, reina de la perdición y diosa de todas las iniquidades.
-Yuckla, el pequeño y grotesco dios de la risa.
-Thasaidon, señor de los inframundos insondables, el negro dios del mal.