jueves, 1 de noviembre de 2012

CONCURSO DE RELATOS BREVES "VICTOR CHAMORRO" 2012


El pasado 24 de octubre, coincidiendo con el día de las bibliotecas, se fallaron los premios del concurso internacional que lleva el nombre del escritor extremeño Víctor Chamorro. La isla dorada, uno de mis relatos, obtuvo el tercer premio en dicho certamen. Todo un privilegio, así como un gran estímulo para seguir mejorando en el "oficio" de escribir. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento a los organizadores, a los miembros del jurado y, por supuesto, al propio Víctor Chamorro, al que tuve la suerte de conocer.
 

Os dejo el enlace para aquellos que tengáis interés en leerlo:




 

 
 
 

miércoles, 3 de octubre de 2012

HORACIO QUIROGA, LA CIMA DEL CUENTO MACABRO

 
Si alguien se detiene, siquiera un momento, a ojear cualquier fotografía de Horacio Quiroga (1878-1937), topará en seguida con dos ojos penetrantes; y, a poco que se fije, apreciará la carga de pesar que emana de ellos. Difícil no estremecerse ante una mirada así; difícil no preguntarse a qué tanta tristeza.

            Y si, guiados por la curiosidad, decidiéramos ahondar tras ese espejo cristalino, descubriríamos bien pronto que la vida de este escritor uruguayo estuvo marcada desde su más tierna infancia por una suerte de nefasta Fatalidad que, paradójicamente, inspiraría algunos de sus mejores relatos.

            A la muerte de su padre en un accidente de caza (cuando sólo tenía tres meses), le suceden, ya adulto, primero, el suicido de su padrastro —que sufre una terrible parálisis general—; después, un trágico accidente de caza en que Quiroga acaba con la vida de su mejor amigo, más tarde, la muerte de su esposa tras ingerir una dosis letal de cloruro de mercurio (previa discusión conyugal), y, como rúbrica a esta serie de desgracias, ausentes sus hijos y abandonado por su segunda mujer, su propio suicidio con cianuro tras serle detectado un cáncer incurable.

            Si a todo ello le añadimos su extraordinaria sensibilidad (acorde al soñador romántico que latía en su alma) y un carácter indomable —que chocó abiertamente con la mojigatería propia de la sociedad burguesa del Montevideo de principios del siglo XX— hallaremos las claves que, a un mismo tiempo, esconde y revela su grave mirada.

            Por ello, no es de extrañar el fuerte vínculo emocional que le unió desde la adolescencia con su gran «maestro» Edgar Allan Poe.

Sin embargo, a diferencia de otros seguidores —de los tantos que ha tenido a lo largo de la historia el gran poeta de Baltimore— Quiroga perfeccionó el cuento macabro hasta cimas asombrosas, convirtiéndose, según mi criterio, en indiscutible maestro del «golpe de efecto», a la altura de genios como el propio Poe o Guy de Maupassant (otra de sus grandes referencias literarias).

Conocido sobre todo por sus deliciosos cuentos de la selva (deudores de su admirado Rudyard Kipling, influjo imprescindible en su obra), e inspirados en la tradición oral y en su estancia en la región argentina de Misiones —selva  situada en el corazón de la América virgen y salvaje de la época—, su magnífica contribución a la literatura de terror ha quedado relegada, salvo honrosas excepciones, a un injusto segundo plano.

Horacio Quiroga —imbuido de su propia existencia atormentada por la culpa— maneja como nadie el complejo universo de la alucinación, la angustia, la obsesión, el fatalismo, la venganza y la locura. Sus cuentos son auténticas joyas del mejor horror macabro, despertando en el lector una zozobra que va in crescendo, para, finalmente, concluir con «hachazos» estremecedores. Relatos como El hijo —quizá el cuento más impactante que he leído en mi vida—, La lengua, El almohadón de pluma, La gallina degollada, El yaciyateré, Los guantes de goma, La miel silvestre o Las rayas, por citar sólo algunos, ilustran a la perfección el despliegue de talento y el dominio de la narración breve que alcanzó el autor uruguayo.

Menos conocidas, pero igualmente soberbias, son sus novelas cortas (o relatos largos, según se prefiera), urdidas con venenosa maestría, de corte folletinesco, al estilo de los pulp americanos, de entre los cuales sobresalen El hombre artificial (que fusiona magistralmente el terror más atroz y la ciencia ficción), El mono que asesinó, Las fieras cómplices y El devorador de hombres.

El propio Quiroga plasma su visión del cuento en su Decálogo del Perfecto Cuentista, compendio resumido de las claves que, a su juicio, ha de tener toda narración breve (espléndida fuente de aprendizaje para aquellos que aspiramos a seguir su legado).

Extraigo, a modo de conclusión, dos consejos del mismo:

Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov (aquí incluyo QUIROGA)— como en Dios mismo.

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

Por mi parte, siempre he creído un deber reivindicar la figura de Horacio Quiroga, al que admiro profundamente, y cuyo «influjo macabro» sigue fluyendo, intacto, por mis venas literarias.

 

sábado, 11 de agosto de 2012

RESEÑA EN EL SIMIO LECTOR: LO QUE VINO DE LAS PROFUNDIDADES, por Francisco José Arcos Serrano

Ilustración original de Pablo Gómez para El avispero, relato incluido en el libro Lo que vino de las profundidades



El pasado 8 de agosto apareció una reseña sobre el libro Lo que vino de las profundidades en el blog El Simio Lector, a cargo de Francisco José Arcos Serrano, al que agradezco su interés y, especialmente, sus animosas palabras hacia el libro, estímulo para seguir aprendiendo y tratando de hacer disfrutar a cuantos lectores se acerquen a mis relatos.



Os dejo el enlace:

lunes, 6 de agosto de 2012

TEMBLOR


El mundo agoniza. Un Imperio matriarcal y decadente, controlado con mano férrea por una élite sacerdotal, se desmorona fatalmente. Poco a poco languidece, víctima de su propia corrupción y de una Ley —rígida, inflexible, incuestionable— que apenas logra contener la rebelión, soterrada, que extiende su red desde los confines de Magenta, la capital, el centro de gobierno y de poder.

            La Rueda Eterna, el ciclo vital en apariencia inmutable, está a punto de detenerse. Durante siglos la memoria de los Anteriores se ha perpetuado a través de las nuevas generaciones, adolescentes que han gozado de este privilegio, convirtiéndose, a su vez, en Anteriores de otros jóvenes. Sin embargo, las Casas de los Grandes (lugar de aprendizaje), se pudren, vacías ahora, cubiertas por el polvo y el olvido.

El viejo mundo se tambalea y los jóvenes escasean. Cada vez que alguien fallece, la materia pierde forma, se desdibuja en una inquietante bruma oscilante. El vientre de las mujeres, otrora fértil, está, desde hace tiempo, yermo y baldío.

Es una tierra condenada por la niebla del olvido, que todo lo circunda, que avanza como un veneno directo al corazón del Imperio, marchitando todo a su paso, deshaciendo poco a poco sus contornos.

En este tiempo, ni siquiera la Mirada Preservativa, truco al fin y al cabo, es capaz de detener lo inexorable.

Agua Fría, la protagonista de esta vertiginosa novela, es una joven elegida para ingresar en la élite religiosa. Mediado su aprendizaje en el oscuro e imponente Talapot —vasto edificio donde habita la cúspide eclesial—, emprenderá un largo e incierto viaje en busca de respuestas, de una libertad soñada, de una salvación in extremis, suponiendo para ella, además, una búsqueda más íntima y profunda; el camino que la guíe al encuentro consigo misma.

Un mundo que es, a un mismo tiempo, futuro y pasado, cuyo origen (tras la Gran Catástrofe), es, en mi opinión, el giro más sugerente de la narración. Un viaje legendario en que se funden ecos místicos, mágicos, medievales, épicos o tribales. Tejido hábilmente, aunque en ciertas partes resulta algo inocente y previsible, mantiene el interés, ganando intensidad conforme avanza la lectura.

Las mujeres son las grandes protagonistas de esta historia de tintes apocalípticos, pues ellas lideran (salvo el caso de la remota tribu Uma, anclada en una vida embrutecida y ancestral) este universo decrépito y moribundo. Rigen el poder supremo, dominan los saberes arcanos —como la hipnosis, vedada al sexo masculino—, encabezan partidas de mercaderes, gobiernan comunidades rebeldes, o se erigen en fieras guerreras. Y es que en ellas —mujeres de toda clase y condición— reside el misterio del origen de la vida, algo que, cuando el final se abate como un ave funesta, adquiere, si cabe, una relevancia casi espiritual.   

Temblor (1990), es una novela que sólo podía escribir una sensibilidad femenina. Además de una reflexión sobre la propia condición humana, destila fantasía por los cuatro costados, y, probablemente, supone, junto a Olvidado rey Gudú (1996) de Ana María Matute, una de las más sorprendentes y acertadas incursiones en el mundo de la fantasía legendaria en la literatura española contemporánea. Su autora, la periodista y escritora madrileña Rosa Montero, es una firma conocida del gran público (habitual del diario El País y colaboradora en revistas como Fotogramas).

 ¿Se trata de un hecho excepcional en nuestras letras? ¿Publicaría libros de terror, ciencia ficción o fantasía la editorial Seix Barral a autores «desconocidos»?

En todo caso, al margen de disfrutar de su prolífica y variada obra, Rosa Montero demuestra que se puede narrar una historia fantástica con una prosa digna de la mejor novela realista. Bella, ágil, intensa, poética en muchos momentos, la escritura de Montero es, sin duda, una de las claves del éxito que, en forma de galardones, han acompañado a esta autora desde que, en 1997, ganara el Premio Primavera de novela.

Tras la publicación de Temblor, Rosa Montero ha seguido cultivando, a intervalos, el género fantástico. Así, en 2005 apareció la fábula El Rey Trasparente, y, más recientemente, la novela Lágrimas en la Lluvia (2011).

Una espléndida ocasión para descubrir su narrativa y acercarse a la visión contemporánea de la ficción legendaria en lengua castellana.

Ojalá el ejemplo «transgresor» de Rosa Montero no sea una excepción. Ojalá sirva para que editoriales y autores apuesten por este espléndido legado literario. Ojalá.

 

jueves, 19 de julio de 2012

ALBACETE RINDE HOMENAJE A LA SEMANA NEGRA DE GIJÓN


Justo es hacerlo, en agradecimiento a todos los que, con su esfuerzo, han tratado de acercar la literatura a la calle, a cualquiera de nosotros.

lunes, 16 de julio de 2012

RESEÑA EN CRÓNICAS LITERARIAS: LO QUE VINO DE LAS PROFUNDIDADES, por José Rafael Martínez Pina

Ilustración de Pablo Gómez inspirada en el relato que da título al libro.
Acaba de publicarse una reseña sobre el libro Lo que vino de las profundidades en Crónicas literarias, a cargo del crítico José Rafael Martínez Pina, al que quiero mostrar mi más sincero agradecimiento por su interés, profesionalidad y, sobre todo, amabilidad. Todo un estímulo para seguir mejorando en este apasionante mundo de la escritura.


Para aquellos que tengais interés en leer la reseña, aquí os paso el enlace.

sábado, 14 de julio de 2012

viernes, 13 de julio de 2012

SÁBADO NEGRO EN ALBACETE


De la mano (¿siniestra?) del escritor albaceteño Alberto López Aroca, llega a este secarral ambiental (que no artístico) —llamado en tiempos Al-Basit (hoy Albacete)—, un refrescante evento literario, un febril desenfreno de creatividad y barra medio-libre (¿cabe mejor combinación?). En suma, un transgresor maratón músico-festivo-reflexivo-escritoril para no perderse en el que tendré el gustazo de poder participar (mil, mil gracias Alberto) presentando esa obra primeriza y «valdemariana» titulada Lo que vino de las profundidades.

La «efeméride literaria» tendrá lugar el 21 de julio de 2012 en la cafetería Aqua (c/ Francisco Pizarro 12, Albacete).
Veinte actos, desde las 12 de la mañana hasta las 2 y media de la madrugada.
Sábado Negro en Albacete. Con presupuesto cero. Porque nosotros lo valemos.

Aquí teneis el enlace con toda la información sobre Sábado Negro.

Y este otro con mi reseña personal en dicho evento.
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SÁBADO NEGRO CALIENTA MOTORES


Os presento el reportaje emitido hoy mismo, 13/07/2012, por ABTve que incluye varias entrevistas a escritores albaceteños como Alberto López Aroca, Eloy Cebrián, Menchu Garcerán y un servidor. Un pequeño aperitivo para el Sábado Negro. Ya falta menos...

sábado, 9 de junio de 2012

NOCHES LÚGUBRES


Acostumbrados como estamos a pensar que España sufre desde hace siglos un “retraso crónico” en todos los órdenes culturales —razones más que justificadas no faltan, desde luego—, llama poderosamente la atención que fuera aquí donde surgiera, de la pluma e ingenio de un soldado gaditano, la primera obra romántica europea, anticipándose varios años al Wérther de Goethe.

Noches Lúgubres (1771), de José de Cadalso y Vázquez es, además del libro que inaugura la literatura romántica del suicidio en toda Europa, el primer poema en prosa de la literatura española y, junto a las Cartas marruecas (1774) compone la obra maestra de Cadalso, uno de los escritores imprescindibles del siglo XVIII, el siglo dominado por la razón.

El propio Cadalso —hijo de la Ilustración— era consciente de la radical novedad literaria de las Noches lúgubres, y así, imaginó para ellas una edición con un diseño totalmente rompedor: “La impresión sería en papel negro con letras amarillas” (¿Habrá sido un influjo para las portadas de la colección gótica de la editorial Valdemar?).

Esbozado inicialmente tras la muerte de un amigo del poeta, el libro adoptó su forma definitiva ante la inesperada muerte del gran amor de Cadalso, la joven actriz María Ignacia Ibáñez. Vestir con ropas negras, amar la noche y abominar del sol, adoptar una actitud hondamente melancólica, despreciar la sociedad, alejarse del mundo o anhelar la muerte como dulce y último remedio a tanto pesar —elementos incluidos en la obra—, son valores que incluso hoy día, en pleno siglo XXI, siguen estando latentes, no sólo en el mundo del arte, sino también en la propia sociedad (en forma, por ejemplo, de “tribus” urbanas).

Del profundo y “siniestro” influjo que las Noches cadalsianas tuvieron con posterioridad a su aparición, hablan bien a las claras las 47 ediciones que alcanzó la publicación a lo largo del siglo XIX —baste citar los nombres de Larra y Bécquer—, y ello, a pesar de la censura inquisitorial que, en 1817 (el nefasto regreso del “deseado” Fernando VII recuperó el Santo Oficio abolido en Cádiz), tras una denuncia en Córdoba (ante el caso de un joven, ávido lector del libro, que amenazaba reiteradamente con suicidarse), condenó la obra por “contener muchas expresiones escandalosas, peligrosas e inductivas al suicidio, al desprecio de los padres y al odio general de todos los hombres”.

Y es que José de Cadalso, digno heredero de Quevedo, no dejaba títere con cabeza en sus escritos. Su visión crítica de la humanidad no puede ser más caústica y demoledora, más satírica y apabullante. De sus páginas emana siempre un humor corrosivo, inteligentísimo y punzante. Escritor de máscara jocosa y carácter tétrico, soldado “medio filósofo” (como él mismo se definía), comparte con Espronceda la frase —esclarecedora— de este último: “mi propia pena con mi risa insulto”. Reflejo de esta profunda aflicción vital, huérfano ante el universo (ausente Dios, solitario, desvalido en medio de una sociedad falsa e hipócrita), no es de extrañar que Tediato, el abatido héroe de las Noches, exclame en mitad de la espesa negrura:

“¡Bienvenida seas, noche, madre de delitos, destructora de hermosura, imagen del caos del que venimos! Duplica tus horrores; mientras más densas, más gratas me serán tus tinieblas. Las tinieblas son mi alimento.”

La clave para comprender este tormento interior de Cadalso está, como no podía ser de otra forma, en las circunstancias que, desde la propia cuna, marcaron su vida, y que, por su carácter folletinesco, darían para una gran novela. Huérfano de madre a los dos años, con un padre acaudalado comerciante siempre ausente por negocios (al cual conoció a la edad de 13 años), marcaron a Cadalso dos aspectos extremos: lujoso bienestar material y ausencia de apoyo afectivo. Pepe —como también gustaba llamarse— trataría de compensar más adelante esta carencia afectiva buscando, aquí y allá, amigos fraternales. Acogido en casa de un abuelo materno, sería un tío suyo (profesor jesuita en Cádiz) el encargado de persuadir a su padre para que enviara al chico a estudiar con los jesuitas franceses. Es así como, con 9 años, inicia Cadalso su periplo europeo; primero como escolar en París; después en Londres donde pasa una larga temporada. Más tarde, su padre le “ordena” regresar a España. Este retorno supuso un verdadero impacto para el joven poeta: “Entré en un país que era totalmente extraño para mí, aunque era mi patria. Lengua, costumbres, traje: todo era nuevo para un muchacho que había salido de niño de España y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés”.

La nula estima del padre de Cadalso hacia los jesuitas y las dudas sobre la futura profesión de su hijo —militar o sacerdote—, decidieron al padre de Cadalso a “sacarlo” de Madrid y enviarlo, nuevamente, fuera de España. Este peregrinaje llevará al muchacho por Italia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Holanda. Con la muerte de su padre, llegó también la ruina económica. Y así, Cadalso optará por la carrera de las armas, ingresando en el Regimiento de Caballería de Borbón como cadete, unidad en la que, poco antes de su muerte (le estalló una granada defendiendo Gibraltar en 1782), llegaría a rango de Coronel.

Crítico implacable, cosmopolita, políglota, satírico, sensible, patriota, extraño del mundo y de los hombres, José de Cadalso encarna en sí mismo el personaje de Tediato—romántico protagonista de las Noches lúgubres—. Justo es reivindicar su figura humana y literaria; un regalo, deleitarse con su talento.