domingo, 2 de enero de 2011

UN PASEO POR EL ROMANTICISMO ALEMÁN



Les propongo dar una vuelta por el pasado. Seguro que el maestro H.G. Wells nos echa una mano: me parece que aquel trasto de finales del siglo XIX, aquella máquina del tiempo, aunque herrumbrosa y polvorienta, aún está en uso. Cuidado con la cabeza, damas y caballeros. ¿Están cómodos? Muy bien, vamos allá: retrocedamos, pues, en el tiempo. ¿Cómo iba este cacharro? Me parece que era aquí, sí, eso es, la aguja hacia el siglo XVIII, «el siglo de las luces».

Bueno, pues ya hemos llegado. Como habrán advertido, estamos en Europa, una Europa que late con el pulso de la Ilustración. Razón frente a tinieblas, pensamiento frente a ignorancia y tiranía; movimiento cuya semilla germinaría a partir del modelo «racionalista» en virtud de la idea propuesta, ya un siglo antes, por el filósofo francés René Descartes.
A propósito de esta nueva corriente, Emmanuel Kant —el célebre «reloj de Königsberg»— opinaba en estos términos:

«La Ilustración significa el movimiento del hombre al salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena».
Después de meditar sobre esta disquisición, yo me pregunto, ¿realmente hemos viajado en el tiempo? ¿No será que el armatoste del buen Wells ya no funciona?
(Disculpen ustedes estos desvaríos, fruto a todas luces del jet lag temporo-espacial.)

A lo que íbamos. Momento histórico dominado por el pensamiento ilustrado. No es de extrañar, por tanto, que en este periodo, «romántico» equivaliera a «irreal», «exagerado» o «fantástico». Algo similar ocurre con el término «gótico», que servía para definir lo “caótico”, lo “salvaje” o lo “incivilizado”; en definitiva, algo contrario al orden razonable.

—El caso es que yo hace tiempo que deje de hacer (no digamos ya  pensar) algo «razonable»—.
Sin embargo, entre 1780 y 1790 comenzó a gestarse un viraje sorprendente. De pronto, aquellos elementos denostados cobraron un gran peso cultural gracias precisamente al «vigor» de lo salvaje frente a la luz de la razón, ésa que, poco a poco, agonizaba mortecina. Lo gótico se transformó en algo valioso. Y así, como reacción al corsé racional, nació un nuevo movimiento que pronto se extendería por el viejo continente, el Romanticismo.

Surgido en Alemania, el poeta Heinrich Heine lo define como “una obsesión alemana con consecuencias europeas”. Así mismo, Friedrich Schlegel afirma: “lo romántico es lo poético”, ensalzando la superioridad del espíritu, de la fuerza creativa y de la fantasía sobre la realidad. Su amigo, el poeta Novalis, propone “poetizar” el mundo, dando a lo cotidiano un sentido “elevado”. Para despertar el sentido de lo maravilloso o lo infinito, empleará un término clave en la literatura: el Realismo Mágico. La huella indeleble de este concepto podemos rastrearla en acepciones posteriores como “Realismo fantástico”, empleado por H. P. Lovecraft, “Lo científico-maravilloso”, acuñado por Maurice Renard, o el muy atinado y sugerente “Realismo Quebradizo” de José María Merino (uno de nuestros grandes escritores contemporáneos).

Para los románticos, el arte se convierte en una «segunda naturaleza» del ser humano. Se ensalza la pureza del alma. Como plantea Novalis, hay que lograr la “potenciación cualitativa” de la realidad, rompiendo el sentido atrofiado del hombre para ver o captar lo invisible, lo improbable. Esta misma idea será retomada, ya en el siglo XX, por el galés Arthur Machen: “Nuestros sentidos superiores están embotados, estamos empapados de materialismo…"

Relatos fantásticos como Ondina, El cascanueces y el rey de los ratones, El rubio Eckbert, La maravillosa historia de Peter Schlemihl, La mandrágora, La estatua de mármol o Los Elixires del Diablo, son reflejo de esta admirable propuesta ética y artística que abarca todos los campos artísticos.

La tarde declina. Es hora de regresar a casa. Confiemos en la tecnología ideada por el ilustre escritor británico para regresar al presente sin sobresaltos. No, no, lo siento pero no pueden quedarse: normas de la agencia de viajes, supongo.

De vuelta a mi hogar, en el incierto siglo XXI, me planteo si la verdadera realidad no estará siempre más allá: olvidemos por un momento el mensaje distorsionado de nuestros sentidos y veamos el mundo tal como es.


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