jueves, 25 de agosto de 2011

DESCUBRIENDO A PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

En las tres últimas décadas del siglo XIX se completa el tránsito artístico del Romanticismo al Realismo. Es precisamente en esta época cuando la novela alcanza su mayoría de edad (1868) y se consolida como el modelo literario universal que hoy conocemos. El Realismo se acaba imponiendo en el viejo continente, pero como ocurre en los tránsitos —me atrevo a decir que en todos—, siempre queda un poso del movimiento anterior, que no muere, sino que muta y se transforma al calor del nuevo impulso estético, de modo que, añadidos cual estratos, estas dos sensibilidades conforman una amalgama tan uniforme como distinguible.

En este periodo también se produce un fenómeno de consolidación del cuento, publicándose, por un lado, en periódicos y revistas, y por otro, con la aparición de libros dedicados exclusivamente al relato breve (Obras, de Bécquer, 1871 o Narraciones inverosímiles, de Pedro Antonio de Alarcón, 1882 son dos buenos ejemplos).
En efecto, la huella romántica no desaparece del todo —seguramente nunca—; seguirá presente, pero irá adquiriendo elementos nuevos que no harán sino transformar y enriquecer sus raíces. Algunos de los mejores cuentos fantásticos se escriben precisamente durante el periodo en que triunfan las novelas realista y naturalista. Fuera de nuestras fronteras, sirvan como ejemplo ilustrativo los nombres de Balzac, Henry James, Dickens o Maupassant.

Aquí en España, autores que hoy día consideramos plenamente “realistas”, se sintieron atraídos por la literatura fantástica. Como una especie de legado oscuro y olvidado, hallamos maravillosos ejemplos de relatos fantásticos; escritores de la talla de Vicente Blasco Ibáñez, Clarín, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós o Pedro Antonio de Alarcón, así lo atestiguan.

Este último, encarna a la perfección los cambios acaecidos en el último tercio del XIX. Personaje fronterizo, rebelde en su juventud, conservador en la madurez, el granadino Pedro Antonio de Alarcón que, a diferencia de su coetáneo Bécquer, conoció el éxito de crítica y público en vida —hasta fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua—, creó una obra cuentística realmente admirable. No en vano, él mismo valoró siempre más sus relatos cortos que sus novelas.

Entre 1881 y 1882 aparecen tres colecciones que recogen todas sus narraciones breves: Cuentos amatorios, Historietas nacionales e Historias inverosímiles.

A grandes rasgos, los aspectos que reflejan la evolución del estilo de Alarcón frente al ideal romántico —que mantiene también en algunos aspectos como por ejemplo sus personajes femeninos, muy “arquetípicos”, en la línea de otros autores como W. H. Hodgson— son:
Primero: El fenómeno sobrenatural se produce en un mundo que refleja fielmente la vida cotidiana, aproximándose así al lector (canon que defiende el inglés M.R. James).
Segundo: Lo sobrenatural irrumpe sembrando dudas en el lector, cuestionando una visión positivista de la realidad.
Tercero: El fenómeno sobrenatural ya no es definido con nombres concretos (vampiro, demonio, fantasma…), sino que se torna vago y confuso; el propio escritor no acierta a definirlo (en el periodo realista se habla de visiones, apariciones etc…). Así, en el magistral e inolvidable relato de terror La mujer alta, el protagonista se pregunta angustiado ante lo inexplicable:

“¿Es Satanás? ¿Es la muerte? ¿Es la vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es?”

No creo exagerado afirmar que estamos ante un pionero en muchos aspectos, a la altura de los mejores, y al que mucho debemos. Sus relatos son un placer para el lector: fluidos, amenos, entrañables, urdidos con inteligencia y maestría.

Finalmente, cabe destacar entre su variada producción, además de historias terroríficas, interesantes incursiones en el género policial (El clavo), la historia nacional (El carbonero alcalde), o el costumbrismo (La buenaventura).

Sólo los grandes permanecen incólumes. Merece la pena descubrirlos.

miércoles, 29 de junio de 2011

M.R. JAMES, MAESTRO DEL CUENTO DE FANTASMAS

“¿Creo yo en fantasmas?...Estoy dispuesto a tomar en consideración cualquier testimonio, y aceptarlo si lo encuentro convincente”.

No siempre el escritor de relatos terroríficos es un hombre acuciado por sus propios demonios. Lejos de la imagen —a veces mitificada en exceso— de autores como Poe, Lovecraft o Robert E. Howard, surge entre el elenco de cultivadores del género espectral, el arqueólogo inglés Montague Rhodes James (1862-1936).

La afición de James por contar cuentos de fantasmas en Navidad —que hunde sus raíces en la entrañable tradición oral—, fue dando paso a la invención de sus propias historias, hasta el punto de convertirse en un modelo para otros autores (especialmente E. F. Benson, al que dediqué un artículo en noviembre de 2010).

James deja definitivamente atrás la “aparición gótica” y crea una imagen completamente nueva, moderna y dispar del espíritu sobrenatural, alejado de palidez, cadenas o pasadizos. Con frecuencia James sugiere, más que describe; unas pinceladas le bastan para “retratar” al espectro. El fantasma puede adoptar las formas más excéntricas: una sábana, un papel o un grabado. Sus historias son abordadas como un gratificante divertimento, de un modo ligero, cercano y casual, salpicado de guiños o alocuciones al lector, con un toque delicioso de humor y un extraordinario dominio de los pasajes sobre catedrales, bibliotecas, archivos, viejos manuscritos o restos arqueológicos —en todos ellos queda patente la formidable erudición de James; no olvidemos que fue director del prestigioso y elitista Eton College—. En este sentido, cabe destacar su gusto por introducir o citar libros o documentos, inventados o reales (ejemplo que tendrá una influencia decisiva en H.P. Lovecraft).

Actualmente, rara es la antología que no incluya algún relato de M. R. James. Pese a carecer de la fuerza que tenían sus contemporáneos —pensemos por ejemplo en el “círculo lovecraftiano”—, la ausencia de atmósferas opresivas, profundidad psicológica o golpe de efecto, resulta obvio que la fórmula empleada por el británico ha llegado intacta a nuestros días, situándolo entre los grandes del género, cuya lectura sigue siendo un placer para los amantes del cuento espectral.

Tres son los ingredientes que a juicio de este escritor ha de tener todo buen relato macabro, a saber:
Primero. Dosis de realismo, es decir, ambientarse en un marco familiar a la época moderna (para acercarse más a la experiencia del lector).
Segundo. Los fenómenos espectrales han de ser malévolos, no benéficos (el objetivo es suscitar el miedo)
Tercero. Evitar los tecnicismos “ocultistas” o “pseudocientíficos”, pues restan verosimilitud al mismo.

Como el propio James señala "no existe una receta más eficaz que otras para triunfar en este género de ficción. El juez último es el público: si le gusta está bien; si no le gusta, no sirve de nada explicarle por qué debería gustarle".

Ahora juzguen ustedes.

miércoles, 15 de junio de 2011

PESADILLAS



Oscuridad.


Atraviesan el pasillo
con pasos furtivos;
de pronto se elevan,
inician su danza macabra.

Te asaltan, te atrapan,
te agitan, te ahogan...

Cambian el orden,
vuelcan las formas,
tiñen los ojos.

Caes.
Insoportable agonía,
respiración jadeante,
sudor frío.

Un sobresalto.
Otra vez estás despierto.

viernes, 3 de junio de 2011

MALA CAÍDA, publicado por la revista balear inmediatika.es

Para todos los que me acompañáis en esta aventura literaria, quiero compatir con vosotros el relato Mala Caída, que ha sido seleccionado en la 4ª Edición Premios Mallorca Fantástica y publicado en la revista In-mediatika.
Me encantaría que dierais vuestra sincera opinión sobre él.

Aquí teneis el enlace para poder leerlo:

www.inmediatika.es/products/relato-mala-caida-de-eduardo-moreno-alarcon-/


Eduardo Moreno Alarcón.

jueves, 19 de mayo de 2011

TU ÚLTIMO INSTANTE

Han roto los oscuros ventanales,
han salido a cazar,
grotescos rugen con fuerza,
sus presas van a buscar.

Tras sus ojos perversos
hay una furia lasciva,
reflejo de muertes pasadas
que aún nadie olvida.

Vagos horrores inundan las almas,
se mascan yugo y acero,
vacías quedan las casas,
desiertos están los senderos.

Caminan con impasible sigilo
invadiendo todo lugar,
atacan de día o de noche,
¡no puedes escapar!


Eduardo Moreno Alarcón.

viernes, 29 de abril de 2011

APUNTES DEL SUBSUELO

Permítanme, señores, hacerles una vergonzosa confesión. Yo, que, en su día, estudié psicología, yo, que he tenido la ocasión de ejercer a intervalos irregulares esta “extraña ciencia”—a veces incluso con honroso resultado—, yo, digo, soy incapaz de leer dos líneas seguidas de cualquier manual o libro “especializado” sin proferir un bostezo monumental. El mero hecho de acercarme hasta un estante —casi siempre de un blanco “quirofanesco”— en cuya parte superior reza: “Psicología”, “Ciencias sociales”, “Ciencias de la salud”, o como diablos quieran rotularla, me produce una fatiga insoportable. Por así decirlo, me agoto con sólo echar un vistazo a las repisas atestadas; es como una montaña que quisiera engullirme. Les ruego, señores, consideren estos extravíos propios de un alma confusa, aturdida y, desde luego, poco práctica. Lejos de mi intención causar la menor ofensa a mis colegas, pues, como dije al principio, esta declaración me sonroja.


Pero hete aquí una curiosa paradoja: si alguna vez alguien me pidiera opinión sobre la materia en cuestión, no dudaría ni un segundo; mi respuesta sería rápida e inequívoca: “Si quieres saber algo de la psique humana, lee cualquier obra de Fiódor Dostoyevski”.

Nunca antes un escritor se había sumergido de modo más sincero, hondo, admirable y universal en la mente del hombre. El grado en que Dostoyevski capta, comprende, perfila, define y trasmite conductas, emociones, razonamientos, o contradicciones humanas, no tienen parangón en la literatura, y dejarán una profunda huella en figuras posteriores de la talla de Franz Kafka, Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche, Albert Camus o Miguel de Unamuno (por citar sólo algunos).

Tal es la maestría con la que refleja el alma de sus personajes que éstos palpitan en sus escritos, dotados de asombrosa vida propia. Muestra evidente son sus inolvidables Rodion Raskolnikov (Crimen y Castigo) o Lev Nikoláyevich Mishkin (El idiota).

Si en León Tolstoi —otro genio universal ruso— prevalece la “arquitectura literaria”, el diseño de un universo completo y el retrato coral e incomparable de sus múltiples habitantes, Dostoyevski centra la acción en torno al complejo mundo interior de sus protagonistas, cuya personalidad describe hasta el más mínimo detalle. Así como el primero retrata como nadie la aristocracia y la nobleza, el segundo nos ofrece una visión incomparable de las gentes más pobres y miserables de su tiempo.

La vida de Dostoyevski, plagada por toda clase de avatares e infortunios, parece entresacada de una de sus grandes novelas. Un padre de carácter brutal, deudas de juego, epilepsia, depresiones, asma, condena a muerte conmutada poco antes de la ejecución, cuatro años en Siberia, éxito efímero con su primera obra Pobres gentes, fracasos literarios, pérdida temprana de dos hijos, la muerte el mismo año de su esposa y su hermano, y el reconocimiento final, marcaron la existencia uno de los mayores genios que haya dado la literatura universal.

De toda su impresionante obra, quizá el relato más desgarrador, sorprendente, profundo y rompedor, sea Apuntes del Subsuelo. En él, Dostoyevski disecciona la psique del protagonista, ejemplo del “antihéroe”, un “hombre subterráneo” que escribe sus memorias encerrado en el subsuelo y que no deja “títere con cabeza”, criticando ferozmente la hipocresía de románticos y racionalistas. Un ser que despierta en el lector los sentimientos más ambiguos.
¿Se trata un enfermo? ¿Un loco? ¿Un resentido? ¿Un envidioso? ¿El más sincero de los hombres?

Quizá esta frase nos ofrezca una alguna respuesta:
 

“Les juro, señores, que tener una conciencia sobradamente sensible es una enfermedad, una verdadera y auténtica enfermedad. Para la vida humana común y corriente basta y sobra con una conciencia ordinaria, o sea, con la mitad o la cuarta parte de la porción que le ha tocado al hombre culto de nuestro malhadado siglo XIX”.

Mediten sobre ello.

lunes, 18 de abril de 2011

EL ESCARABAJO DE PRAGA

 


“Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto”.
Acaso sea este comienzo de relato el más universal y controvertido que haya dado la literatura de todos los tiempos, tanto como lo es su propio creador, el checo Franz Kafka.
La obra de Kafka admite tantas lecturas como críticos se embarquen en la ardua tarea de desentrañar sus misterios. Y es precisamente ese legado críptico, insólito, ambiguo, extravagante, onírico, angustioso, irónico, intenso, conmovedor, el que sigue fascinando a lectores y críticos de todo el mundo.
Al margen de las múltiples interpretaciones que se han hecho entorno a su obra —hay para todos los gustos—, lo que sí parece obvio es que a través de los escritos de Kafka, contemplamos el reflejo de una forma única de “sentir” y “estar” en el mundo. Miedos, luchas, complejos, anhelos, sufrimientos, denuncias, todo ello se entremezcla en la compleja mente del autor, configurando un universo personal y peculiar, tan influyente que ha dado lugar al uso del término “kafkiano” para denominar situaciones “absurdamente complicadas o extrañas”.
Y es que Kafka aúna en su proceso creativo técnica narrativa e ingeniosa originalidad. La frontera entre lo terreno y lo ultra terreno desaparece bajo el poderoso influjo del mundo onírico, verdadera piedra angular de muchos de sus relatos. Quizá tenga algo que ver el hecho de que escribiera siempre durante las horas nocturnas (sacrificando su salud, pues durante el día el trabajo lo absorbía de tal modo que no le dejaba tiempo para escribir).
“Soy extraordinario en ver los fantasmas de la noche en el desvalimiento y en la confianza ciega del sueño, aunque también poseo la virtud de encontrármelos simultáneamente en la realidad…”
Así sucede en piezas memorables como La metamorfosis, Un médico rural o La guarida, en los cuales Kafka muestra una asombrosa maestría para convertir en “cotidianos” hechos extraordinarios e inexplicables.
Otro elemento presente en muchos de sus cuentos —y que contrasta vivamente con su imagen de hombre triste y taciturno— es el sentido del humor, expresado mediante una ironía deliciosa, como en Informe para una academia, o Blumfeld, un soltero de cierta edad. En un pasaje afirma lo siguiente: “Por naturaleza siempre estamos próximos a reírnos; a pesar de todas las miserias de nuestra vida, siempre tenemos a punto una ligera sonrisa…”
No parece suceder lo mismo en sus novelas, escritas en tono más grave. A excepción de América (nombre que se debe a su amigo y editor Max Brod, pues Kafka la tituló El olvidado), algo más desenfadada, tanto en El castillo como en El proceso dominan las atmósferas opresivas y angustiosas, entornos donde el hombre es víctima de los avatares sociales más absurdos e incomprensibles.
Quizá, del mismo modo que la vida no está hecha para ser entendida sino para ser vivida, la obra de Kafka no fuera escrita para ser analizada, sino sentida y, sobre todo, disfrutada.
En una carta dirigida a Felice Bauer —con quien mantuvo una compleja relación amorosa que nunca cuajó en matrimonio—, escribió, a propósito de La condena (su trabajo más querido y apreciado):
“¿Encuentras algún sentido en La condena, algo coherente, consecuente? Yo no lo encuentro y no puedo explicar nada”.
Tal vez estemos cegados de espesura y no apreciemos el maravilloso bosque que, a menudo, nos rodea.










lunes, 28 de marzo de 2011

EL QUIMÉRICO INQUILINO


Cuando esta historia cayó en manos de Roman Polansky, el director francés (judío de origen polaco al igual que el autor de la novela) quedó tan fascinado por ella que decidió hacer una adaptación cinematográfica protagonizada por él mismo en el año 1976.

Confieso que no he visto la película. Mi interés se ha dirigido siempre hacia el libro. Como un extraño influjo, hace tiempo que empecé a sentirme atraído por él. Intuía que algo insospechado e inquietante se ocultaba en sus páginas. No me equivoqué: ha sido un descubrimiento fascinante.

Esta primera novela (1964) del polifacético —dibujante, dramaturgo, guionista, novelista y ante todo espíritu libre— Roland Topor es como un chispazo que recorre la médula espinal del lector hasta impactar en su cerebro. Narrada con pulso vibrante, el autor nos sumerge en una trama eléctrica cuya tensión va siempre in crescendo. Fiel a su carácter indómito y sin complejos, Topor salpica la narración con dosis de humor negro, escatología y fuerte carga erótica.

El terror, como un velo opresivo, siempre está presente. Poco a poco la pesadilla adquiere un carácter delirante que se adueña por completo del protagonista, el joven parisino Trelkovsky. Asistimos angustiados al progresivo e imparable aniquilamiento psicológico y a la «disolución» física del personaje. De este modo, Topor estremece al lector, víctima del sufrimiento de Trelkovsky, atrapado en una lucha desesperada por mantener alejado el fantasma de la locura.

Conforme llegamos al desenlace se suceden las escenas más demenciales y enloquecidas; el horror alcanza un grado casi insoportable y este clímax te deja pegado a sus páginas. Un final magistral, un giro devastador y sugerente, elevan el relato a la categoría de auténtica obra maestra.

A propósito de Roland Topor dice su amigo Fernando Arrabal (fundador junto a éste y Jodorowsky en 1960 del “Grupo Pánico”, movimiento vanguardista y surrealista):

“Topor desconcierta e inquieta porque nos revela que el misterio más concreto es el hombre”.

Y así queda patente en esta historia psicológica y obsesiva cuyo misterio parece aglutinarse en la mente de un hombre común.

¿No será lo que percibimos una pura ficción?



sábado, 12 de febrero de 2011

OSKAR PANIZZA, EL ALIENISTA INDOMABLE

A semejanza de uno de sus personajes, la vida de Oskar Panizza estuvo siempre marcada por la lucha contra el rígido, anodino y hostil mundo exterior. Rebelde, transgresor, sarcástico, su obra El concilio del amor (publicada en Zürich en 1894) desencadenó una represión sin precedentes en Alemania. La causa de esta persecución —estatal y familiar— fue su insólita e irreverente versión de la Trinidad cristiana. El drama acontece a finales del siglo XV. Ante los abusos del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y su corte, un Dios decrépito, una Virgen María lasciva y un Jesucristo tísico deciden castigar a la humanidad enviándole la sífilis.

Panizza fue condenado a un año de prisión en una celda individual y a correr con los gastos de su estancia en la cárcel. De nada sirvió la grave enfermedad que padecía en las piernas ni el recurso que interpuso su abogado —que alegó “trastornos mentales”—, lo cual, lejos de ayudarle, influiría en su trágico futuro.

Sin embargo, cumplida la condena en Baviera (su ciudad natal) y exiliado en Zürich, el subversivo autor germano escribió dos nuevas versiones de esta obra —aún más incendiarias—. Como era de esperar, la recalcitrante Suiza halló el modo de expulsar a este “incómodo huésped”. Cada vez más acosado, Oskar trata de buscar refugio en Paris. Acuciado por la penuria económica, su vida en la capital francesa transcurre solitaria y penosa. Hasta aquí trató de llegar la censura que perseguía su figura desde Europa central.


El culmen de este acoso se produjo con la publicación de su poemario Parisjana (1906), que dio lugar a la confiscación de todos sus bienes.
Sin recursos, abatido y hastiado, regresa a Alemania para entregarse a las autoridades. Poco después los tribunales lo incapacitan aduciendo enfermedad mental. Como si fuera una caústica burla ideada por el propio Panizza, él, médico psiquiatra (profesión que dejó para entregarse a su pasión literaria), acabó sus días encerrado en un manicomio.

Los cuentos de Oskar Panizza, deudores de la tradición romántica alemana, siguen la estela de su admirado E.T.A. Hoffmann y del omnipresente Edgar Allan Poe. Suponen una de las contribuciones más admirables que hayan dado las letras germánicas a la literatura fantástica.

 
Dotado de un finísimo sentido del humor —tendente a lo sarcástico—, un marcado acento anticlerical y un excelso domino de la psique humana, sus historias son agudas, divertidas e inquietantes. Panizza juega con el lector narrando siempre en primera persona (como Poe, Maupassant o Hoffmann), insertando elementos “ambiguos” o “alucinatorios” en la percepción del protagonista que conducen irremisiblemente a la escisión de lo real.

La locura es el fantasma de una condena interior, un espanto del que no es posible huir. Asistimos a una pugna permanente entre el mundo íntimo (lleno de colorido) y el universo social (gris), tal como refleja en Fritz Corsés.

Panizza se muestra siempre crítico con la decadencia moral del hombre, idea que expone en relatos como el impactante La posada de la Trinidad (una especie de versión corta de El concilio del amor) o su anticipatorio La fábrica de hombres, que además de una honda reflexión ética, supone su incursión en el campo de la ciencia ficción.

Genio y locura suelen ir a menudo de la mano. Oskar Panizza fue un ser libre, combativo y apasionado. ¿Imaginan cómo debió sentirse aquel paciente cuerdo acorralado por una sociedad enferma?

miércoles, 2 de febrero de 2011

W.H. HODGSON, SEÑOR DE LOS OCÉANOS

Si hay un escritor en la historia que haya sabido conjugar la fantasía sobrenatural con el vasto universo marino, ése es, sin duda, William Hope Hodgson.
A los 14 años, la sed de aventura condujo al joven inglés a abandonar el colegio para enrolarse como grumete. Sin embargo, hubo de sobrevivir en medio de un mundo rudo, zafio y violento: los lobos de mar, “aquella chusma de tarugos náuticos”, marcarían hondamente su carácter. Para aquel chico menudo, inteligente, sensible y guapo, fue una lucha sin cuartel. Fruto de ello comenzó a ejercitar sus músculos hasta convertirse en un hombre de acero (clara similitud con Robert E. Howard). También se interesó por la fotografía, llegando a ser todo un experto (incluso montó su propio estudio a bordo). Sus instantáneas aún resultan sorprendentes.
Tras ocho años surcando los océanos del mundo, primero como aprendiz, y más tarde como oficial, hastiado de aquella “vida de perros”, Hodgson desembarca en tierra dejando para siempre la insondable compañía de las aguas.
A fin de ganarse la vida, decidió abrir un gimnasio. No obstante, el negocio no daba lo suficiente y se vio abocado a buscar otras alternativas. Suscrito a revistas de la época, escribe sus primeros artículos y da conferencias (sobre cultura física o temas marinos). Llega así la publicación de su primer relato fantástico en 1904. Al año siguiente aparece el cuento Un horror tropical en la prestigiosa revista The Grand Magazine, que incluía autores de la talla de Joseph Sheridan Le Fanu o H.G. Wells (al que Hodgson admiraba y a quien llegó a conocer personalmente). Desde entonces viviría consagrado a su trabajo literario.
¿Qué tienen de especial sus relatos ambientados en el mar? En mi opinión, su asombrosa fuerza y su incuestionable autenticidad. La capacidad del inglés para crear atmósferas opresivas, para envolver y sugerir horrores indecibles, o concebir todo tipo de criaturas monstruosas, alcanzan las cima del terror universal.
Muestra de ello son historias como Una voz en la noche, verdadera obra maestra que aúna tensión, dramatismo, sugerencia y horror (inspirando al autor pulp Philip M. Fisher a escribir una continuación —muy inferior— titulada La isla de los hongos); La nave abandonada, prodigio de ambiente angustioso en el que el orden natural se invierte, Demonios del mar, intensa y evocadora, o Desde el mar sin mareas, impactante y desgarrador relato cuyo final deja sin aliento.
Pero no todas sus historias son exclusivamente terroríficas: Hodgson también inserta con maestría dosis de aventura, humor, misterio o elementos detectivescos (uno de sus personajes más conocidos es Carnaki, “caza fantasmas” al estilo Jules de Grandin o John Silence). Precisamente el que aparezcan explicaciones pseudocientíficas o biológicas lo enmarca —según estudiosos como Rafael Llopis— en el “cuento materialista de terror”.
Mención aparte merecen sus novelas. La trilogía formada por Los botes del Glen Garrig, La casa en el confín de la tierra y Los piratas fantasmas constituyen, —sobre todo las dos últimas—, un portento del horror sobrenatural, lectura imprescindible para todo buen aficionado a la literatura fantástica.
Trascurría el año 1914. Instalado con su esposa Betty en Francia —más barata entonces que Inglaterra—, era el momento de mayor madurez literaria de Hodgson. Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial cortó este fructífero periodo. William volvió a la patria para alistarse en el cuerpo de caballería (lo más lejos posible del mar). En 1917 regresa a Francia con su batallón. Finalmente, en abril de 1918, una granada alemana volatilizó su cuerpo, privándonos para siempre de uno de los mejores maestros que ha dado el género fantástico.
Aunque cerca estuvo varias veces, La Mar, esa Madre sobrecogedora, susurrante y primigenia, no pudo llevárselo a su seno. Ni un solo resto de aquel fornido hombre quedó para ser enterrado en el campo de batalla.
Me estremezco cada vez que leo las líneas que, poco antes de hallar su muerte, escribió a su madre desde las trincheras.

“Si sobrevivo y, de alguna manera puedo salir de aquí (y, por favor Dios, espero que así sea), qué libro podría escribir si mi “vieja” habilidad con la pluma no me ha abandonado”.