lunes, 28 de marzo de 2011

EL QUIMÉRICO INQUILINO


Cuando esta historia cayó en manos de Roman Polansky, el director francés (judío de origen polaco al igual que el autor de la novela) quedó tan fascinado por ella que decidió hacer una adaptación cinematográfica protagonizada por él mismo en el año 1976.

Confieso que no he visto la película. Mi interés se ha dirigido siempre hacia el libro. Como un extraño influjo, hace tiempo que empecé a sentirme atraído por él. Intuía que algo insospechado e inquietante se ocultaba en sus páginas. No me equivoqué: ha sido un descubrimiento fascinante.

Esta primera novela (1964) del polifacético —dibujante, dramaturgo, guionista, novelista y ante todo espíritu libre— Roland Topor es como un chispazo que recorre la médula espinal del lector hasta impactar en su cerebro. Narrada con pulso vibrante, el autor nos sumerge en una trama eléctrica cuya tensión va siempre in crescendo. Fiel a su carácter indómito y sin complejos, Topor salpica la narración con dosis de humor negro, escatología y fuerte carga erótica.

El terror, como un velo opresivo, siempre está presente. Poco a poco la pesadilla adquiere un carácter delirante que se adueña por completo del protagonista, el joven parisino Trelkovsky. Asistimos angustiados al progresivo e imparable aniquilamiento psicológico y a la «disolución» física del personaje. De este modo, Topor estremece al lector, víctima del sufrimiento de Trelkovsky, atrapado en una lucha desesperada por mantener alejado el fantasma de la locura.

Conforme llegamos al desenlace se suceden las escenas más demenciales y enloquecidas; el horror alcanza un grado casi insoportable y este clímax te deja pegado a sus páginas. Un final magistral, un giro devastador y sugerente, elevan el relato a la categoría de auténtica obra maestra.

A propósito de Roland Topor dice su amigo Fernando Arrabal (fundador junto a éste y Jodorowsky en 1960 del “Grupo Pánico”, movimiento vanguardista y surrealista):

“Topor desconcierta e inquieta porque nos revela que el misterio más concreto es el hombre”.

Y así queda patente en esta historia psicológica y obsesiva cuyo misterio parece aglutinarse en la mente de un hombre común.

¿No será lo que percibimos una pura ficción?



sábado, 12 de febrero de 2011

OSKAR PANIZZA, EL ALIENISTA INDOMABLE

A semejanza de uno de sus personajes, la vida de Oskar Panizza estuvo siempre marcada por la lucha contra el rígido, anodino y hostil mundo exterior. Rebelde, transgresor, sarcástico, su obra El concilio del amor (publicada en Zürich en 1894) desencadenó una represión sin precedentes en Alemania. La causa de esta persecución —estatal y familiar— fue su insólita e irreverente versión de la Trinidad cristiana. El drama acontece a finales del siglo XV. Ante los abusos del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y su corte, un Dios decrépito, una Virgen María lasciva y un Jesucristo tísico deciden castigar a la humanidad enviándole la sífilis.

Panizza fue condenado a un año de prisión en una celda individual y a correr con los gastos de su estancia en la cárcel. De nada sirvió la grave enfermedad que padecía en las piernas ni el recurso que interpuso su abogado —que alegó “trastornos mentales”—, lo cual, lejos de ayudarle, influiría en su trágico futuro.

Sin embargo, cumplida la condena en Baviera (su ciudad natal) y exiliado en Zürich, el subversivo autor germano escribió dos nuevas versiones de esta obra —aún más incendiarias—. Como era de esperar, la recalcitrante Suiza halló el modo de expulsar a este “incómodo huésped”. Cada vez más acosado, Oskar trata de buscar refugio en Paris. Acuciado por la penuria económica, su vida en la capital francesa transcurre solitaria y penosa. Hasta aquí trató de llegar la censura que perseguía su figura desde Europa central.


El culmen de este acoso se produjo con la publicación de su poemario Parisjana (1906), que dio lugar a la confiscación de todos sus bienes.
Sin recursos, abatido y hastiado, regresa a Alemania para entregarse a las autoridades. Poco después los tribunales lo incapacitan aduciendo enfermedad mental. Como si fuera una caústica burla ideada por el propio Panizza, él, médico psiquiatra (profesión que dejó para entregarse a su pasión literaria), acabó sus días encerrado en un manicomio.

Los cuentos de Oskar Panizza, deudores de la tradición romántica alemana, siguen la estela de su admirado E.T.A. Hoffmann y del omnipresente Edgar Allan Poe. Suponen una de las contribuciones más admirables que hayan dado las letras germánicas a la literatura fantástica.

 
Dotado de un finísimo sentido del humor —tendente a lo sarcástico—, un marcado acento anticlerical y un excelso domino de la psique humana, sus historias son agudas, divertidas e inquietantes. Panizza juega con el lector narrando siempre en primera persona (como Poe, Maupassant o Hoffmann), insertando elementos “ambiguos” o “alucinatorios” en la percepción del protagonista que conducen irremisiblemente a la escisión de lo real.

La locura es el fantasma de una condena interior, un espanto del que no es posible huir. Asistimos a una pugna permanente entre el mundo íntimo (lleno de colorido) y el universo social (gris), tal como refleja en Fritz Corsés.

Panizza se muestra siempre crítico con la decadencia moral del hombre, idea que expone en relatos como el impactante La posada de la Trinidad (una especie de versión corta de El concilio del amor) o su anticipatorio La fábrica de hombres, que además de una honda reflexión ética, supone su incursión en el campo de la ciencia ficción.

Genio y locura suelen ir a menudo de la mano. Oskar Panizza fue un ser libre, combativo y apasionado. ¿Imaginan cómo debió sentirse aquel paciente cuerdo acorralado por una sociedad enferma?

miércoles, 2 de febrero de 2011

W.H. HODGSON, SEÑOR DE LOS OCÉANOS

Si hay un escritor en la historia que haya sabido conjugar la fantasía sobrenatural con el vasto universo marino, ése es, sin duda, William Hope Hodgson.
A los 14 años, la sed de aventura condujo al joven inglés a abandonar el colegio para enrolarse como grumete. Sin embargo, hubo de sobrevivir en medio de un mundo rudo, zafio y violento: los lobos de mar, “aquella chusma de tarugos náuticos”, marcarían hondamente su carácter. Para aquel chico menudo, inteligente, sensible y guapo, fue una lucha sin cuartel. Fruto de ello comenzó a ejercitar sus músculos hasta convertirse en un hombre de acero (clara similitud con Robert E. Howard). También se interesó por la fotografía, llegando a ser todo un experto (incluso montó su propio estudio a bordo). Sus instantáneas aún resultan sorprendentes.
Tras ocho años surcando los océanos del mundo, primero como aprendiz, y más tarde como oficial, hastiado de aquella “vida de perros”, Hodgson desembarca en tierra dejando para siempre la insondable compañía de las aguas.
A fin de ganarse la vida, decidió abrir un gimnasio. No obstante, el negocio no daba lo suficiente y se vio abocado a buscar otras alternativas. Suscrito a revistas de la época, escribe sus primeros artículos y da conferencias (sobre cultura física o temas marinos). Llega así la publicación de su primer relato fantástico en 1904. Al año siguiente aparece el cuento Un horror tropical en la prestigiosa revista The Grand Magazine, que incluía autores de la talla de Joseph Sheridan Le Fanu o H.G. Wells (al que Hodgson admiraba y a quien llegó a conocer personalmente). Desde entonces viviría consagrado a su trabajo literario.
¿Qué tienen de especial sus relatos ambientados en el mar? En mi opinión, su asombrosa fuerza y su incuestionable autenticidad. La capacidad del inglés para crear atmósferas opresivas, para envolver y sugerir horrores indecibles, o concebir todo tipo de criaturas monstruosas, alcanzan las cima del terror universal.
Muestra de ello son historias como Una voz en la noche, verdadera obra maestra que aúna tensión, dramatismo, sugerencia y horror (inspirando al autor pulp Philip M. Fisher a escribir una continuación —muy inferior— titulada La isla de los hongos); La nave abandonada, prodigio de ambiente angustioso en el que el orden natural se invierte, Demonios del mar, intensa y evocadora, o Desde el mar sin mareas, impactante y desgarrador relato cuyo final deja sin aliento.
Pero no todas sus historias son exclusivamente terroríficas: Hodgson también inserta con maestría dosis de aventura, humor, misterio o elementos detectivescos (uno de sus personajes más conocidos es Carnaki, “caza fantasmas” al estilo Jules de Grandin o John Silence). Precisamente el que aparezcan explicaciones pseudocientíficas o biológicas lo enmarca —según estudiosos como Rafael Llopis— en el “cuento materialista de terror”.
Mención aparte merecen sus novelas. La trilogía formada por Los botes del Glen Garrig, La casa en el confín de la tierra y Los piratas fantasmas constituyen, —sobre todo las dos últimas—, un portento del horror sobrenatural, lectura imprescindible para todo buen aficionado a la literatura fantástica.
Trascurría el año 1914. Instalado con su esposa Betty en Francia —más barata entonces que Inglaterra—, era el momento de mayor madurez literaria de Hodgson. Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial cortó este fructífero periodo. William volvió a la patria para alistarse en el cuerpo de caballería (lo más lejos posible del mar). En 1917 regresa a Francia con su batallón. Finalmente, en abril de 1918, una granada alemana volatilizó su cuerpo, privándonos para siempre de uno de los mejores maestros que ha dado el género fantástico.
Aunque cerca estuvo varias veces, La Mar, esa Madre sobrecogedora, susurrante y primigenia, no pudo llevárselo a su seno. Ni un solo resto de aquel fornido hombre quedó para ser enterrado en el campo de batalla.
Me estremezco cada vez que leo las líneas que, poco antes de hallar su muerte, escribió a su madre desde las trincheras.

“Si sobrevivo y, de alguna manera puedo salir de aquí (y, por favor Dios, espero que así sea), qué libro podría escribir si mi “vieja” habilidad con la pluma no me ha abandonado”.

lunes, 17 de enero de 2011

H.P.LOVECRAFT: LOS MITOS DE CTHULHU (II)

A principios del siglo XX, el cuento de miedo sufrió una honda mutación. El artífice de este cambio fue Arthur Machen. Éste abandona por completo la escenografía romántica (castillos, mazmorras, la noche, los muertos…) para adentrarse en los misterios paganos de su Gales natal. Machen bucea en las raíces celtas, reviviendo cultos, magia, rituales y criaturas míticas (hadas, ninfas, Dôls o faunos). Como resultado, el horror retrocede hacia un pasado bárbaro y oscuro. Pero esta verdad terrible permanece olvidada; sólo en el saber antiguo puede hallarse algún rastro escondido.


El influjo de Machen es decisivo para el desarrollo de los Mitos. Por citar algún ejemplo, en su relato El pueblo blanco, el escritor galés introduce elementos tales como “El lenguaje Aklo” o “El reino de Voor”. Ambas referencias aparecen también en El horror de Dunwich de Howard Phillips Lovecraft.


Inspirado igualmente en la deliciosa mitología del irlandés Lord Dunsany —con aspectos que anticipan la Tierra Media de J.R.R. Tolkien—, Lovecraft da un paso hacia el mundo onírico, dejando atrás el terror gótico de su juventud. Los sueños se convierten en el camino para llegar a un universo místico. Un forma idónea para canalizar sus propias pesadillas. Así, las vivencias oníricas se convierten en el vehículo principal de los Mitos. “En su morada de R´lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando”.


Sin embargo, esta fase poética durará poco. Necesitado de mayor veracidad, acude en busca de nuevos elementos como la razón y la ciencia. A partir de ahora sus cuentos transcurren en Nueva Inglaterra. El solitario de Providence regresa de este modo a escenarios más cercanos y reales.

En su memorable relato La llamada de Cthulhu (1926), los Mitos adquieren su forma definitiva y madura. La idea cuaja entre los seguidores de Lovecraft, surgiendo aportaciones como Los perros de Tíndalos (1929) de Frank Belknap Long, La piedra negra (1931) de Robert E. Howard, El vampiro estelar (1935) de Robert Bloch o Las ratas del cementerio (1936) de Henry Kuttner.

Poco a poco la leyenda cobra visos de verdad. El horror se inocula en la mente de los hombres a través de un conjunto de elementos blasfemos: grabados, esculturas, rituales, puertas interestelares o libros “aborrecibles” (como el espantoso Necronomicón), son elementos que aportan autenticidad por su enorme profusión y detallismo, al tiempo que sugieren espantos inconcebibles, aquellos que una mente cuerda, no debería admitir.

domingo, 2 de enero de 2011

UN PASEO POR EL ROMANTICISMO ALEMÁN



Les propongo dar una vuelta por el pasado. Seguro que el maestro H.G. Wells nos echa una mano: me parece que aquel trasto de finales del siglo XIX, aquella máquina del tiempo, aunque herrumbrosa y polvorienta, aún está en uso. Cuidado con la cabeza, damas y caballeros. ¿Están cómodos? Muy bien, vamos allá: retrocedamos, pues, en el tiempo. ¿Cómo iba este cacharro? Me parece que era aquí, sí, eso es, la aguja hacia el siglo XVIII, «el siglo de las luces».

Bueno, pues ya hemos llegado. Como habrán advertido, estamos en Europa, una Europa que late con el pulso de la Ilustración. Razón frente a tinieblas, pensamiento frente a ignorancia y tiranía; movimiento cuya semilla germinaría a partir del modelo «racionalista» en virtud de la idea propuesta, ya un siglo antes, por el filósofo francés René Descartes.
A propósito de esta nueva corriente, Emmanuel Kant —el célebre «reloj de Königsberg»— opinaba en estos términos:

«La Ilustración significa el movimiento del hombre al salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena».
Después de meditar sobre esta disquisición, yo me pregunto, ¿realmente hemos viajado en el tiempo? ¿No será que el armatoste del buen Wells ya no funciona?
(Disculpen ustedes estos desvaríos, fruto a todas luces del jet lag temporo-espacial.)

A lo que íbamos. Momento histórico dominado por el pensamiento ilustrado. No es de extrañar, por tanto, que en este periodo, «romántico» equivaliera a «irreal», «exagerado» o «fantástico». Algo similar ocurre con el término «gótico», que servía para definir lo “caótico”, lo “salvaje” o lo “incivilizado”; en definitiva, algo contrario al orden razonable.

—El caso es que yo hace tiempo que deje de hacer (no digamos ya  pensar) algo «razonable»—.
Sin embargo, entre 1780 y 1790 comenzó a gestarse un viraje sorprendente. De pronto, aquellos elementos denostados cobraron un gran peso cultural gracias precisamente al «vigor» de lo salvaje frente a la luz de la razón, ésa que, poco a poco, agonizaba mortecina. Lo gótico se transformó en algo valioso. Y así, como reacción al corsé racional, nació un nuevo movimiento que pronto se extendería por el viejo continente, el Romanticismo.

Surgido en Alemania, el poeta Heinrich Heine lo define como “una obsesión alemana con consecuencias europeas”. Así mismo, Friedrich Schlegel afirma: “lo romántico es lo poético”, ensalzando la superioridad del espíritu, de la fuerza creativa y de la fantasía sobre la realidad. Su amigo, el poeta Novalis, propone “poetizar” el mundo, dando a lo cotidiano un sentido “elevado”. Para despertar el sentido de lo maravilloso o lo infinito, empleará un término clave en la literatura: el Realismo Mágico. La huella indeleble de este concepto podemos rastrearla en acepciones posteriores como “Realismo fantástico”, empleado por H. P. Lovecraft, “Lo científico-maravilloso”, acuñado por Maurice Renard, o el muy atinado y sugerente “Realismo Quebradizo” de José María Merino (uno de nuestros grandes escritores contemporáneos).

Para los románticos, el arte se convierte en una «segunda naturaleza» del ser humano. Se ensalza la pureza del alma. Como plantea Novalis, hay que lograr la “potenciación cualitativa” de la realidad, rompiendo el sentido atrofiado del hombre para ver o captar lo invisible, lo improbable. Esta misma idea será retomada, ya en el siglo XX, por el galés Arthur Machen: “Nuestros sentidos superiores están embotados, estamos empapados de materialismo…"

Relatos fantásticos como Ondina, El cascanueces y el rey de los ratones, El rubio Eckbert, La maravillosa historia de Peter Schlemihl, La mandrágora, La estatua de mármol o Los Elixires del Diablo, son reflejo de esta admirable propuesta ética y artística que abarca todos los campos artísticos.

La tarde declina. Es hora de regresar a casa. Confiemos en la tecnología ideada por el ilustre escritor británico para regresar al presente sin sobresaltos. No, no, lo siento pero no pueden quedarse: normas de la agencia de viajes, supongo.

De vuelta a mi hogar, en el incierto siglo XXI, me planteo si la verdadera realidad no estará siempre más allá: olvidemos por un momento el mensaje distorsionado de nuestros sentidos y veamos el mundo tal como es.


jueves, 16 de diciembre de 2010

H.P.LOVECRAFT: LOS MITOS DE CTHULHU (I)

 
A veces, la obra de un individuo en apariencia insignificante, produce tal conmoción que no sólo trasciende las barreras de su entorno más o menos cercano, sino que cambia por completo el modo de entender un campo artístico. Eso pasó con Howard Phillips Lovecraft. Después de él, el cuento de miedo nunca sería el mismo. Había nacido “el horror cósmico”. En palabras de Jacques Berguier, “Lovecraft inventó un género nuevo: el cuento materialista de terror”, una revolución comparable —si no más honda, incluso— a la provocada un siglo antes por su ilustre compatriota Edgar Allan Poe.

Sin embargo, tras la muerte de Lovecraft en 1937, éste seguía siendo un escritor desconocido y aún menos valorado (a excepción de un selecto grupo de admiradores). Dos de ellos, miembros del llamado “Círculo de Lovecraft”, serían los encargados de rescatar su obra del olvido: Donald Wandrei y August Derleth (si bien la polémica envuelve la controvertida figura de Derleth). Ambos fundaron en 1939 la revista Arkham House —en claro homenaje al solitario de Providence—, afanándose en ordenar y publicar todos sus relatos (muchos de ellos dispersos o inéditos hasta entonces).
De entre su extensa producción, destacan especialmente los cuentos pertenecientes a los llamados “Mitos de Cthulhu”. Un conjunto de historias que arranca con La ciudad sin nombre (1921) y El ceremonial (1923), y que enseguida se verán ampliadas y enriquecidas por las continuas aportaciones de los escritores del “Círculo” —Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Frank Belknap Long, Robert Bloch, August Derleth, Henry Kuttner o E.Hoffman Price— que añadieron nuevas ideas, dioses, ritos y libros blasfemos.
Cuando hablamos de mito, nos referimos a toda narración formada por el relato de sucesos fantásticos que, no por ser de tal naturaleza, dejan de lado la posibilidad de entremezclarse con la realidad. Ese precisamente es uno de los grandes logros de Lovecraft: hacer creíble lo increíble. Dotar de veracidad a sus historias. Crear un cuerpo narrativo tan sugerente y bien armado que parece burlar el paso del tiempo, concitando actualmente una legión de seguidores en todo el mundo.
Pero ¿cuál es el origen de esta oscura e incomparable Mitología?
En primer lugar —desde mi punto de vista—, el propio universo del autor. Soñador, erudito, pesimista, enfermizo, delicado, racista, lógico, racionalista, atormentado, idealista, materialista, entusiasta, son ingentes los análisis sobre su compleja personalidad.
Su vida sigue despertando un halo de fascinación casi tan grande como su portentoso legado literario. Ríos de tinta que han forjado un personaje rodeado de misterio y leyenda.



 

viernes, 3 de diciembre de 2010

EL HÚESPED DEL RECTOR

Hace algún tiempo visité la librería Opar en Madrid. Allí conocí a Alfredo Lara, verdadero cicerón literario. A él le debo haber descubierto una de las joyas más ocultas de la ficción española, El huésped del Rector, de José Guillermo García Valdecasas.
 
Esta obra permanecía en una “discreta clandestinidad”, hasta que uno de los allegados del autor decidió enviarla al certamen de novela corta Café Iruña, logrando el primer premio por unanimidad. De este modo vio al fin la luz. Trascurría el año 1985.

Pocas veces el misterio alcanza instantes tan sublimes como lo hace en esta historia. Situada en un marco sugerente, el Colegio de España en Bolonia (en el que el propio novelista fue rector), García Valdecasas despliega un memorable duelo entre realidad y fantasía, cordura y demencia; angustiada, la razón lucha por zafarse de un terrible más allá.
 
Valiéndose de dos personajes opuestos, enfrenta al lector ante la duda y el asombro permanente. El relato atrapa y conmueve a través de un prodigioso monólogo en dos “voces” de siglos y prosas diferentes, trazadas con impecable estilo narrativo.

Al margen del rigor histórico con que recrea al rector don José María de Irazoqui, la atmósfera de la novela es magnífica: terror, crudeza, ternura, ironía, son elementos que hacen de su lectura todo un placer.

Hoy día El huésped del rector es una rareza difícil de adquirir. Su edición en Espasa Calpe (colección Austral) de 1988, lleva tiempo agotada. Ojalá sea pronto reeditada y puesta al nivel que merece. Estoy seguro de que hará las delicias de muchos amantes del género.


Así pues, señores editores, les pido humildemente que no dejen en barbecho un tesoro semejante.

Para aquellos que tengan interés, no obstante, en la librería Opar aún quedan ejemplares rescatados del olvido.

martes, 23 de noviembre de 2010

MALPERTUIS

Desde su origen, el hombre se ha hecho preguntas. Huyendo —a veces con auténtico pavor— de lo ignoto, los seres «racionales» han cavilado sobre el arcano de la existencia, imbuidos en una afanosa búsqueda de sentido, de argumentos que explicaran (siquiera parcialmente) el mundo y, sobre todo, que arrojaran alguna luz sobre el papel que el ser humano juega —si es que juega alguno, al margen de romper el equilibrio natural— en él.
 
      Quizá las primeras hipótesis brotaron del propio miedo al caos, a ese universo desconocido y tantas veces hostil. Seguramente de esta forma, sencilla, simbólica, natural, surgieron las primeras deidades: respuesta a los caprichos naturales, reflejo antropomorfo de unos seres (primates) desvalidos, espejo en que mirarse, entes tangibles a quien temer, ofrendar, maldecir o rogar.
 
      Con el trascurrir del tiempo, esta superstición atávica acabaría derivando, indefectiblemente, en culto religioso. Las religiones monoteístas, cada vez más poderosas, se erigieron en adalides de la Verdad. Como consecuencia, al optar por un Dios Único, abandonamos aquellos dioses primigenios (e inmortales) para siempre. Todo vestigio previo fue censurado. Su recuerdo se volvió una ofensa castigable. A partir de entonces, la nueva jerarquía condenó a los viejos dioses, tachando a éstos y a sus acólitos de paganos o herejes, dignos, en todo caso, de ser abolidos de la faz de la tierra.

Partiendo de esta idea, Raymond Jean Marie de Kremer —más conocido como Jean Ray— concibió su obra maestra, verdadero icono del terror del siglo XX, la sugestiva novela Malpertuis. Una historia cuajada de estilo impecable, alejada de arquetipos anglosajones, con un matiz costumbrista y aventurero delicioso. En suma, un relato intenso, profundo y estremecedor.

Nacido en Gante (Bélgica) en 1887, Jean Ray tiene el honor de ser el único europeo al que publicara en vida la legendaria revista norteamericana Weird Tales (en concreto entre 1934 y 1935). Aun hoy, sigue siendo un «mito viviente» para la intelectualidad franco belga.
 
La vida de Ray está plagada de anécdotas: supo rodearse de un halo de leyenda —que él mismo inventó— (marinero, contrabandista, descendiente de piel roja); encarcelado varias veces por estafa y abuso de confianza; editor y redactor de revistas de arte y poesía, guionista de cómics (entre ellos «Tintín»), o creador de la saga de aventuras pseudopoliciacas del detective Harry Dickson (conocido como el «Sherlock Holmes» americano).

Sus obras nada tienen que envidiar a las de británicos o norteamericanos. Una vez más, hallamos el germen de una literatura fantástica europea que nunca llegó a crecer del todo, pero que dejó una huella imborrable (Hoffmann, Meyrink, Ewers, Erckman-Chatrian o el asombroso Maurice Renard, amigo personal de Ray, son claro ejemplo de ello.)


El espanto siempre busca sus propios lugares. Sumidos en una quietud engañosa, se alzan los muros de Malpertuis. Tras ellos, un horror ancestral aguarda silencioso, agazapado. Yo que usted me mantendría lejos, si no es demasiado tarde…


 





jueves, 11 de noviembre de 2010

LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE

Oscura, malvada, vil, nada cuerda, lugar diabólico, enfermo y aterrador, Hill House te observa, aguarda paciente su momento. Si cruzas el umbral, nada volverá a ser como antes.

La maldición de Hill House es hoy día considerada —con toda justicia— una de las mejores novelas de horror del siglo XX. Escrita en 1959 por la norteamericana Shirley Jackson, supuso, además de un notable éxito de crítica y público, el redescubrimiento de esta auténtica maestra del terror. El influjo siniestro de este libro, años después, podemos hallarlo en autores clave como Richard Matheson (La casa infernal, 1971), o Stephen King (El resplandor, 1977).


Es sabido que los relatos sobre “casas encantadas” abundan en la literatura fantástica de todos los tiempos. Podemos mencionar, a parte de los ya citados, otros como Malpertuis, de Jean Ray, La casa evitada, de H.P. Lovecraft, o La casa deshabitada, de Charlotte Riddell.

Sin embargo, a diferencia de pretéritas tendencias, Jackson se aleja casi por completo de aspectos “góticos” y efectistas para centrarse en la psique de los personajes. La autora nos sumerge, lenta e insidiosamente, en un mundo dominado por las proyecciones mentales de los protagonistas. La narración se "sufre" en primera persona a través de la mente de Eleanor, alma de la obra. Cubiertos de una atmósfera opresiva, asistimos con angustia a las vivencias del grupo de inquilinos, incapaces de discernir el origen del mal que habita en la mansión. Este giro psicológico, dota a la historia de una fuerza perturbadora inigualable.

Intensa, emotiva y obsesiva, la sensibilidad femenina que destila resulta verdaderamente refrescante.

Concluyo con una frase entresacada del libro:
“La amenaza de lo sobrenatural estriba en que ataca el lugar en el que la mente moderna es más débil…”
 

Yo que ustedes no me acercaría...

sábado, 30 de octubre de 2010

LA LEYENDA DE RICHARD MATHESON


A principios de los cincuenta del pasado siglo XX, la mítica revista Weird Tales agonizaba. Tras la muerte de Lovecraft y Robert. E Howard, el género sobrenatural parecía estancado. Repetitividad y agotamiento de ideas: estereotipos y burdas imitaciones que aburrían a los lectores.

Hasta que apareció Richard Matheson.

Su irrupción en el paisaje literario —gracias al éxito de su relato Nacido de hombre y mujer—, supuso un revulsivo para el anémico universo fantástico. Él solo se bastó para hacer “renacer” el cuento de horror y ficción.

Gracias a su impulso afloraría una nueva generación de escritores, cuyo mejor representante es, sin duda, Stephen King, verdadero admirador suyo.

Los cuentos de Matheson son como descargas. No dan tregua. Auténtico maestro del “golpe de efecto” —que domina como nadie—, conmueve, emociona y atrapa al lector. Su atmósfera inquietante se aloja sin remedio en la mente del lector. De estilo versátil y directo, ofrece diversos registros, a cual más efectivo y sorprendente.

Así, sus novelas El hombre menguante (1956) y Soy leyenda (1954), son clásicos imprescindibles del siglo XX. La vigencia de esta última en pleno siglo XXI, resulta asombrosa. De fuerza arrolladora, su lectura te atraviesa como un fogonazo. La tensión, el dramatismo y los golpes de efecto que consigue, la encumbran, sin duda alguna, como obra maestra del terror.

Por ello, (como humilde petición), a aquellos que hayan visto la versión cinematográfica del año 2007, les ruego encarecidamente, la olviden cuanto antes y degusten esta magnífica novela (dicho sea con todo respeto al espíritu del escritor norteamericano).

Richard Matheson es uno de esos escritores que marcan para siempre. Su genio y sus obras son un verdadero regalo para los aficionados al terror y la ficción. Pero busquen al original: con toda certeza no les defraudará.