sábado, 21 de enero de 2012

ZOTHIQUE, EL LEGADO (II)

Además de una fabulosa legión de divinidades, Clark Ashton Smith (1893-1961) introdujo en el universo de Zothique, el último continente, una serie de elementos y personajes que, vistos con perspectiva, resultan sumamente atractivos e interesantes. Sirvan como ejemplo los siguientes:

El espejo del mago ermitaño Sabmon
(que prefigura el “palantir” de Saruman en El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien).

• Nioth Korgai
(ser de origen extraterrestre que ejemplifica —con un delicioso tono sugerente— las características más espantosas de los mejores Mitos de Cthulhu).

• Los Corceles de Thamogorgos (sirven al señor del abismo)

• La Muerte de Plata
(gélida y espectral, una peste contagiosa que bien pudiera ser una especie de homenaje a La muerte roja de Edgar Allan Poe).

• Los antiguos dioses de Hyperborea
(referencia a otra de sus asombrosas creaciones).

Este espléndido conjunto literario conforma, en suma, una de las mitologías de fantasía, terror y ciencia ficción más bellas que se hayan escrito.

Pero más allá de esta excelente mezcolanza, para comprender el calado de la obra de Clark Ashton Smith, conviene echar un vistazo a su biografía, la vida de un artista en el sentido más amplio de la palabra.

Destacado poeta a muy temprana edad (alabado por la crítica especializada del momento que llegó a compararlo con Yeats y Byron), excelente escultor (qué no se pagaría hoy por sus criaturas inspiradas en los mitos lovecraftianos), pintor y escritor de fantasía y terror, cultivó numerosas facetas del arte, aunando siempre buen oficio, talento y sensibilidad.

Como Lovecraft, Smith fue un recluso introvertido, un solitario alejado de convencionalismos, de modas y con escaso interés por los bienes materiales, como muestra esta frase extraída de una carta fechada en 1912: “Ese animal de miras únicamente económicas que es la Masa”.
Abandonó el colegio con 14 años, en parte para ayudar a sus padres en su granja (adquirida en Auburn, Long Valley, California, y que, dado lo rocoso del terreno, apenas daba para subsistir), y en parte porque no soportaba hallarse entre mucha gente —odiaba el bullicio del colegio—. Fue, por tanto, un autodidacta (al igual que Robert Howard y el propio Lovecraft). Lector voraz, comienza a escribir en sus ratos libres al tiempo que trabaja en la granja. Sorprende su extraordinario manejo del inglés, pero además de su lengua materna, dominaba también el francés —traducía a Baudelaire— y era capaz de escribir versos en español.

Entre 1907 y 1910 inicia su andadura literaria escribiendo fantasías de corte oriental, así como una novela (la única), que nunca vio la luz, y de la que se conserva el manuscrito original, prácticamente ilegible. De hecho, esta primera etapa ha sido bautizada por sus historiadores como periodo de las “noches árabes”.

Los siguientes veinte años se dedicó a escribir poesía, aprendiendo al mismo tiempo a esculpir y dibujar. En 1912 publica su primer libro de poemas y la repercusión de éste será inmediata, cosechando muy buenas críticas. Hasta tal punto fue así que el Consejo de Educación decidió colocar su poemario en todas las bibliotecas del país.

En 1918 publica su segunda colección de poemas, un tanto más floja. En ese momento su salud empieza a resentirse: su familia apenas tiene para alimentarse y ha de hacer frente a la hipoteca de su propiedad. Smith trabaja en otras granjas adyacentes a la suya a cambio de un salario “de esclavo”, como él mismo decía.

Entre 1923 y 1925, edita por su cuenta dos pequeñas colecciones de poemas y, tras cinco años publicando poesía en Weird Tales, se ve preparado para enviar a Farnsworth Wrigh (el redactor jefe) una selección de relatos cortos. En 1928, con 35 años, se publica su primer cuento, The Ninth Skeleton (primero de los 65 que aparecieron durante su carrera en la revista).

Mecenas y adinerados paliaron en parte su precaria situación, si bien es cierto que Smith carecía de ambiciones y gustaba, pese a todo, de una vida plácida.

A principios de 1929 comienza a cartearse con otros miembros del selecto grupo de escritores de Weird Tales como August Derleth, E.Hoffman Price, Henry Kuttner y, sobretodo, H.P. Lovecraft, con quien mantuvo ocho años de amistad epistolar, forjando una relación intensa de mutua y afectuosa admiración. Es a partir de esta época, y hasta 1935, cuando llega su periodo más creativo y productivo, ideando sus tres grandes universos: Zothique, Hyperborea y Averoigne.

Precisamente, E. Hoffman Price, que conoció en persona a Smith y lo visitó con frecuencia en su granja, escribió acerca de él:

“Cavaba pozos. Trabajaba en los huertos que florecían en las laderas de Auburn. Aserraba y cortaba maderos. Usaba sus manos con lo que tuviera más cerca, y era capaz de escribir como quisiera y lo que quisiera sin importarle los editores o lo lectores a los que no les gustaba su obra. Clark jamás envidió la fama ni quiso ser un escritor profesional”.

martes, 3 de enero de 2012

ZOTHIQUE, EL LEGADO (I)

Entre 1928 y 1939, una fabulosa generación de escritores cambió por completo la anclada literatura fantástica de principios del siglo XX, dotando al género de un impulso tan vigorizante y decisivo que, pese a atibajos posteriores, nunca volvería a ser el mismo. Un legado mágico que sigue vivo hoy día, latente, fuente inagotable de inspiración para novelistas y cineastas del siglo XXI.
Aquellos fueron los años dorados para la revista norteamericana Weird Tales que, de la mano del entonces redactor jefe Farnsworth Wrigh (y pese a sus caprichosas exigencias), apostó decididamente por un nuevo tipo de cuentos y autores. De este modo, poco a poco, se produjo una transformación completa del relato fantástico que cristalizaría a posteriori (como ocurre casi siempre), pues la actual veneración que sienten los coleccionistas de esta publicación, dista mucho de la tibia acogida en su época.



Entre aquél ilustre grupo de escritores cuyos relatos contribuyeron a cimentar el mito presente, se hallaba el trío —más tarde conocido como “los tres mosqueteros de Weird Tales”— integrado por H. P. Lovecraft, R. E. Howard y C. A. Smith, nada menos. Tres figuras emblemáticas, artífices de la mejor literatura sobrenatural, no sólo del pasado siglo XX, sino, con toda certeza, de todos los tiempos.



Cada uno de ellos, fiel a su estilo, ejemplifica una peculiar forma de entender la literatura y, en general, del oficio de escribir. Cada uno de ellos creó por separado mitologías o ciclos fantásticos, los cuales, indefectiblemente, acabaron convergiendo y entretejiéndose a la perfección (como el caso de los Mitos de Cthulhu).



Sin embargo, más allá del gusto personal, del número de seguidores o la cantidad de obras producidas, lo que sí parece evidente (al menos en España) es que, tanto la fuerza arrolladora y creativa de Howard, como el indiscutible papel de gran maestro del horror atribuido a Lovecraft, han relegado a Clark Ashton Smith a un segundo plano. Tampoco ha ayudado en demasía que las ediciones en castellano de sus libros más importantes (publicados hace más de 30 años por EDAF) resulten dificilísimos de adquirir.



Algunos de sus mejores relatos (de los 65 que publicó en Weird Tales), no obstante, pueden hallarse en diversas antologías como:



- El retorno del brujo y Ubbo-Sathla, Cthulhu, una celebración de los mitos (Valdemar gótica, 2001).
- Estirpe de la cripta, Los mitos de Cthulhu (Alianza editorial, 1969).
- La Venus de Azombeii, Weird Tales (1923-1932), (La biblioteca del laberinto, 2006).



Tras años de ansiosa espera, al fin disponemos de un cuidado volumen de Zothique, el último continente publicado por Valdemar en su colección gótica.



Dieciséis relatos se ambientan en el mundo de Zothique, concebido por Smith como el último continente de una Tierra envejecida, apenas calentada por un sol moribundo; un universo temible, caduco, oscuro, misterioso y salvaje, en que los prohibidos saberes ancestrales —la magia y la brujería— resurgen con más fuerza que nunca. Un cosmos poblado por extrañas criaturas, nigromantes, aventureros errantes, o reyes cuyo hastío y depravación no conocen límite.
Zothique es un prodigioso derroche de talento, imaginación y calidad literaria que supera incluso (en mi opinión) a Howard y Lovecraft en muchos de sus impresionantes pasajes.
La mejor espada y brujería (arqueros, lanceros, magos, demonios, doncellas, nigromantes, astrólogos) se combina admirablemente con una variada legión de seres: mitológicos, como las lamias, clásicos, como momias o vampiros, híbridos, como los Ghoris del desierto, o animales con facultades antropoides, como los pájaros de Ornava.



Pero quizá sea el fabuloso panteón de deidades ideado por el californiano a lo largo de la serie, su aportación más asombrosa y extraordinaria. Enumero, a modo de ejemplo, algunos de ellos—sobrecogedores protagonistas de algunos relatos—, pues ilustran a la perfección la magistral visión de este maestro de la fantasía y el terror:



-Vergama, enigmática deidad que escribe el destino de la humanidad.


-Mordiggian, el dios-demonio carroñero, el invisible devorador de muertos.
-Alila, reina de la perdición y diosa de todas las iniquidades.
-Yuckla, el pequeño y grotesco dios de la risa.
-Thasaidon, señor de los inframundos insondables, el negro dios del mal.

martes, 13 de diciembre de 2011

HIVER (Invierno)

Inmensos parajes helados
se extienden por todas partes…
Debo seguir, aunque me congele,
aunque expire su vaho glacial
y una albura nívea e inasible
sepulte mis huesos cansados.

¿Dónde hallar la llama —acaso exangüe—
que funda este gélido lienzo?
¿Cómo repeler el vendaval
de hiriente escarcha?
No aquí, sino lejos,
en cualquier otro tiempo,
en cualquier otro lugar, inalcanzable.

Hace años que no hablo con nadie
y mi propia voz me asusta;
hace tiempo que dejé de ser un hombre,
si es que alguna vez lo fui.

Sólo el viento me acompaña
duro, áspero, desapacible,
el viento que no cesa,
¡y el frío eterno!

Lenta, inexorablemente,
cede mi cuerpo entumecido,
muerto ya en vida.

Acude pronto, carroñero,
vela mi tumba muda,
arranca estos ojos inertes
que sólo desean la nada.


jueves, 1 de diciembre de 2011

FRAGMENTO DEL CUENTO "LA MUJER ALTA"

Siguiendo la tradición de las clásicas y entrañables radionovelas, os dejo un fragmento del relato "La mujer alta" de Pedro Antonio de Alarcón, gentileza de Carmen Hernández Montalbán.

Espero que os guste... y os asuste.


sábado, 26 de noviembre de 2011

EL AMIGO DE LA MUERTE

Ensombrecida por su célebre cuento terrorífico La mujer alta (Narraciones inverosímiles, 1882), El amigo de la muerte, pieza escrita en 1852 por el granadino Pedro Antonio de Alarcón —a caballo entre la novela corta y el relato largo—, parece haber quedado relegada con el paso del tiempo a un discreto segundo plano entre su amplia y variada producción.

Sin embargo, si el lector de nuestros días se acerca a la misma, hallará en sus páginas un fascinante tesoro —quizá desapercibido— de la literatura fantástica española del siglo XIX; una narración intemporal y memorable que conviene rescatar del olvido, pues sólo conociendo el pasado podremos entender nuestro presente.

El amigo de la muerte, no sólo nos ofrece una prosa rica, elegante, ágil, amena y vertiginosa, sino que supone un auténtico despliegue de talento imaginativo por parte de su autor, articulado en torno a los siguientes elementos:

1. Costumbrismo: Una historia de base real, ambientada en los inicios del siglo XVIII español, cuya acción se sitúa durante el primer reinado borbónico, figurando entre sus personajes el propio rey Felipe V. La atmósfera cortesana, las intrigas palaciegas y los secretos de familia, son descritos con maestría por Alarcón, constituyendo, en suma, un fiel retrato de época.

2. Pasión: La de una madrastra rencorosa, la de un monarca sumido en la duda, la de una oscura deidad dolida por la ingratitud, la de una pareja de enamorados, Elena y Gil, que habrán de reencontrarse en circunstancias imprevisibles, cuyo amor desafiará las propias leyes naturales —el autor pone aquí su acento más romántico—.

3. Terror: La base esencial del relato. El elemento sobrenatural es la materialización de lo inexplicable, de lo ultra terreno, cuya mera cercanía atemoriza a todo aquel que, como también sucede en La mujer alta, atisba algo vagamente perverso, oculto a sus ojos mortales, generando cierta confusión. Sirva esta frase como ejemplo:
“La joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía, cual si contemplara el espectro de un difunto adorado”.


4. Ficción: En los últimos capítulos, cuando la lectura se hace más vivaz, a la espera del desenlace, la historia se reviste de un halo fantástico verdaderamente prodigioso, con imágenes dignas de los mejores maestros del género, las cuales, como ya señalé en un artículo anterior, convierten al autor de Guadix (en mi opinión) en un precursor.

5. Humor: La ironía nunca falta en los escritos de Alarcón. Salpican los capítulos guiños, confidencias o comentarios dirigidos al lector, pero siempre en su justa medida, sin exceso, consiguiendo el delicioso efecto de la narración oral.

6. Filosofía: Quizá el aspecto que más interés le da al relato. Perfectamente ensamblado con el tamiz fantástico, emana del texto una profunda reflexión acerca de la condición humana. También se funden por momentos sueño y realidad, evocando inevitablemente La vida es sueño, de Calderón de la Barca. El propio final, sorprendente y magistral, sugiere consecuencias tan interesantes como vigentes hoy en día.

Por todo ello, El amigo de la muerte es mucho más que una historia de terror; supone un regalo para todos los amantes del género, especialmente aquellos que gusten beber en los orígenes de la fantasía española, esos que, aunque no siempre notorios, nunca dejarán de sorprendernos.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Artículo sobre el libro "Lo que vino de las profundidades" de CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN

La escritora granadina Carmen Hernández Montalbán ha publicado recientemente un artículo dedicado al libro "Lo que vino de las profundidades" en su blog "Ventana a mis paraisos escritos", el cual os invito a descubrir, así como la obra literaria de esta autora andaluza.

Desde aquí agradezco personalmente a Carmen sus palabras, que no hacen sino animarme a seguir mejorando en mi trabajo literario, y os dejo el enlace para que aquellos que tengan interés puedan leerlo:

http://carmenydorahernandez.blogspot.com/2011/11/lo-que-vino-de-las-profundidades.html

domingo, 30 de octubre de 2011

LEYENDAS DE SULAYR

Hoy quisiera detenerme en uno de esos libros que un buen día aparecen, mágicos e insospechados, en tu vida; uno de esos pequeños volúmenes que, ajenos a grandes editoriales y a modas imperantes, jamás dormirán —acaso una semana— en el estante abarrotado de best-sellers; un regalo para almas sensibles, como sus propias autoras —Carmen y Dora Hernández Montalbán— gustan subrayar.

A lo largo de los cinco relatos que componen este libro sorprendente, las hermanas granadinas nos proponen viajar a un tiempo remoto —ya sea pasado o futuro— con una deliciosa mezcolanza de leyenda, historia, costumbrismo, fantasía y misterio. Cuentos salpicados de elementos sobrenaturales, pero también muy cercanos, cimentados en la realidad —apegados hondamente a su bella tierra andaluza—, con una sabia combinación de lenguaje popular y legendario, inspirado, por un lado, en la riquísima tradición oral, y por otro, en el legado que dejaron escritores como su paisano Pedro Antonio de Alarcón —nacido también en Guadix— o el propio Gustavo Adolfo Bécquer, con quien comparten, además de su amor por la naturaleza, la indudable relevancia del paisaje (árboles, luz, agua, estaciones, aire), universo del que somos parte —aunque con frecuencia lo olvidemos—, que moldea nuestro ser íntimo y, en definitiva, “Madre” a la que antes o después regresaremos.

Nada hay previsible en estas historias “contadas”, que fluyen envueltas en esa especie de “aura mágica” intrínseca a toda leyenda. Hechiceras, princesas, reyes, caciques, aventureros, guerreros, esclavos, sacerdotes… un compendio de personajes clásicos, arquetípicos, en los que siempre hay detrás un elemento tan esencial como imprescindible: una historia profunda, hondamente humana, con sus virtudes y miserias, con sus anhelos y pasiones, con sus dudas y tristezas.

Sugerentes propuestas que destilan una imaginación admirable, eje central de esta obra singular. Imaginación capaz de trasladarnos desde una barraca miserable —pródiga en conjuros— a la mítica Atlántida, capaz de devolver su esplendor al poderoso reino de Tartesos, de surcar la megalópolis de Hesperia en busca de respuestas, de ofrecernos el agua de aquel manantial en que se oye una voz distante…
¿Por qué las fábulas siguen teniendo, en pleno siglo XXI, vigencia y atractivo? ¿Qué encanto encierran que las hace tan sugerentes? Tal vez la razón esté en la añoranza de un tiempo perdido, de un mundo que sólo conocemos por aquel relato que oímos contar una noche junto al fuego. O tal vez sea que ese tiempo remoto, en realidad, sólo es un espejo de nuestro propio tiempo. Sea como fuere, reconforta encontrar “artesanas de la palabra” como Carmen y Dora, capaces de avivar el espíritu de aquellas viejas historias, manteniendo intacto su halo fantástico.

Pocas veces tiene un lector la ocasión de compartir sus impresiones (más allá de una firma apresurada o de una pregunta en una ponencia) con el autor/es de un libro que ha disfrutado. Desde aquí —Dora y Carmen, Carmen y Dora— os animo a seguir deleitándonos con vuestros relatos.
Gracias Carmen por haber puesto en mis manos este grato tesoro que floreció en la montaña del sol, la mágica Sierra Nevada que los árabes llamaron Sulayr.

Hoy quisiera hacer un canto a la pasión por escribir.

jueves, 20 de octubre de 2011

EL GOLEM

“¿Y si la vida en nosotros no fuera más que un enigmático remolino de aire?... ¿Quién puede decir que sabe algo sobre el Golem?”.
¿Acaso existe una respuesta satisfactoria para tales cuestiones? ¿No sucede que al tratar de arrojar un poco de luz caemos sin remedio en nuevas y oscuras interrogantes?

Dudas que lanzan al vacío más y más preguntas. Un misterio tenebroso más allá de la leyenda, donde viven enlazados el terror cíclico —que retorna cada 33 años—, la magia de la Cábala ancestral, las pasiones más exacerbadas, una lúgubre y mísera existencia en un sombrío escenario: el ghetto judío de Praga, la calle Hahnpass, y, por último, la horda de inquilinos que pululan entre sus sórdidos entresijos.

La atmósfera de la primera novela de Gustav Meyrink (1868-1932 )—El Golem— nos ofrece un verdadero compendio de la originalidad que atesoran sus relatos, aquella que le confiere una personalidad única e irrepetible, de gran calado en escritores posteriores —especialmente de lengua alemana— como Kafka, y que hoy día sigue seduciendo a lectores de todo el mundo.

La fascinante e inmortal obra de Meyrink (publicada en 1915) —cuya edición alcanzó la nada desdeñable cifra de 145.000 ejemplares vendidos entre 1915 y 1916—está envuelta en un ambiente inquietante, nebuloso, onírico, misterioso, enigmático, lóbrego y cautivador. Pocos autores han sido capaces de lograr un ensamblaje tan perfecto y sugerente entre sueño, pesadilla y realidad (excepción del otro gran “maestro de lo nebuloso”, Walter de la Mare).

El laberinto narrativo, el desdoblamiento del protagonista, impredecible, caótico en ocasiones, el enigma de un pasado inescrutable, apenas difuminado, la aparición del espectral Golem, todo se articula con una maestría excepcional, desconcertando y atrapando a un mismo tiempo, cautivando a todo aquél que se adentre en sus misteriosas páginas.
La fusión entre pasado y presente se pone de relieve a través del juego de tiempos verbales y una extraña “dualidad”, recurso que alcanzará su cima en otra de sus grandes novelas: “El ángel de la ventana de Occidente”, donde la franja del tiempo queda definitivamente diluida (evocando la idea lovecraftiana del “tiempo lineal” —aunque H.P. Lovecraft en su ensayo El horror en la literatura no cita este aspecto, sino la importancia del oscuro folklore judío de El Golem).

Muchas fueron las vicisitudes, ciertamente novelescas, que acontecieron en la azarosa vida de Gustav Meyrink, comenzando por su propio nacimiento en Viena —hijo ilegítimo de un importante barón y una actriz de segunda fila, continuando con su periplo por varias ciudades alemanas hasta arribar a Praga a los 15 años de edad. Allí, contrajo matrimonio con la hija de un banquero y, años más tarde, llegó a dirigir la entidad financiera.
Pero Meyrink, lejos de ser un espíritu acomodaticio, poseía una personalidad verdaderamente magnética y arrolladora: amante de la noche, cultivador de cuerpo y mente (drogas incluidas), entusiasta del ocultismo, consumado duelista —con un exacerbado sentido del honor—, erudito en las artes ocultas (ocultismo, alquimia, espiritismo), se convirtió en un personaje tan temido como odiado en la Praga de la época.

Con estas credenciales, era cuestión de tiempo que sus enemigos actuaran. Una ignominiosa confabulación lo llevó al banquillo acusado de desfalco y, aunque tiempo después se demostró su inocencia, económica y socialmente quedó arruinado.
Obligado a abandonar la que había sido su ciudad durante veinte años, se refugió en la literatura, medio precario de vida, pero también, universo ideal para canalizar sus vastos conocimientos, así como su espíritu crítico, indomable y satírico.

Al margen de las novelas ya citadas, escribió dos colecciones de cuentos: Historias de alquimistas y Murciélagos, entre las cuales se encuentran auténticas joyas de lo macabro, relatos que ponen los pelos de punta como El Albino o El Maestre Leonardo.

Semejante a sus personajes, Meyrink ha desafiado los límites del tiempo: sólo hay que echar un vistazo a su lápida para comprobar que, en efecto, fue un genial clarividente.

En el epitafio de su tumba reza esculpido este lema: “Vivo”.

domingo, 25 de septiembre de 2011

JAMES MANGAN, EL POE IRLANDÉS

En 1820 se publicó Melmoth el Errabundo, una de las obras cumbres del género gótico —la mejor en mi opinión junto a El Monje de Matthew Gregory Lewis y Frankenstein de Mary Shelley—, escrita por el excéntrico clérigo irlandés Charles Robert Maturin. John Melmoth, ser todopoderoso y condenado al mismo tiempo, personifica una visión de la existencia humana que mora en el abismo, habitante de un infierno terrenal dramático, angustioso, tétrico y feroz. Algunos de sus pasajes resultan verdaderamente sobrecogedores, dotados de una intensidad emocional abrumadora. La lucha interior, el legado diabólico, el terrible destino, la perdición definitiva y la búsqueda de redención, fueron los ingredientes que convirtieron la novela en un clásico inmortal de la literatura fantástica.

Siguiendo en el curso del tiempo las huellas de la misma, hallamos dos ejemplos muy notables: el primero lo encontramos hacia 1835, en Francia, proveniente del ilustre Honoré de Balzac, quien quiso rendir homenaje al maestro irlandés con su relato titulado Melmoth reconciliado, interpretación del personaje un tanto desvirtuada, pero igualmente atractiva. El segundo ejemplo surge en la propia Irlanda de la mano del compatriota del reverendo Maturin, el poeta dublinés James Mangan, que en su cuento El hombre embozado recrea la historia del errabundo de forma ágil, entretenida y más “fiel” a la idea original.

Para acercarnos a la figura de James Clarence Mangan, conviene echar un vistazo a las palabras que le dedicó su amigo, el también escritor James Price:
“¡Pobre Clarence, tu mundo fue el de un melancólico entusiasmado! El opio te elevó por encima de la mugre y de tu vida miserable”.

No podemos olvidar tampoco la semblanza que de él hizo el genial escritor inglés G.K. Chesterton, de la que extraigo este elocuente fragmento:
“…Mangan es el más grande de los modernos maestros irlandeses de la literatura, precisamente porque supo escribir desde su tradición antigua, yendo de lo serio a lo grotesco…”

Finalmente, reseño estas líneas del propio Mangan que, casi dos siglos después, adquieren un carácter visionario:
“La tumba es vital pues se van a ella grandes hombres desconocidos en vida, en los que sólo se repara cuando mueren. La tumba los revive”.

Nada más certero en el caso de este poeta, ensayista, traductor y cuentista irlandés, cuya breve y trágica vida (1803-1849), recuerda irremisiblemente a la del arquetípico Edgar Allan Poe. Y es que Mangan, como Poe, fue víctima de una combinación devastadora en nuestra sociedad: honda inteligencia, sensibilidad extrema y adicción a las drogas (en su caso láudano y alcohol); y es que Mangan, como Poe, creó una obra profundamente innovadora y visionaria, escrita además en un inglés exquisito; y es que Mangan, como Poe, fue hallado días antes de su muerte tirado en la calle, enfermo, famélico y agonizante.

Así fue que hasta 1904 no se editó un primer libro que incluyera buena parte de su obra. Y es que tampoco fue tarea sencilla compilar sus narraciones; Clarence Mangan escribió de forma tan prolífica como dispersa; el rastro de su legado se hallaba repartido entre folletos, periódicos y revistas irlandesas de muy efímero tránsito. Resulta paradójico que una de las novelas más conocidas y universales del siglo XX, el inefable Ulises de James Joyce, hunda sus raíces en el desconocido relato de Mangan Una aventura extraordinaria en las sombras —donde surge la voz del interior que inspirase al dublinés—.

James Clarence Mangan estudió en la escuela Saul´s Court; allí aprendió alemán (tradujo a los grandes poetas alemanes) y fundamentos de otras lenguas como francés, español, italiano o árabe, —lenguas que era capaz de leer sin dificultad—. Sus desgracias comenzaron a los quince años cuando su padre, alcohólico empedernido, perdió su negocio y el joven James tuvo que ponerse a trabajar como copista para sustentar a su familia. Durante los diez años que pasó inmerso en lúgubres oficinas comenzó su adicción al láudano y el alcohol. Apenas ganaba para sobrevivir, y al final, sin recursos, la droga acabó sustituyendo al alimento, pues calmaba el hambre y era más barata.

En su relato más personal Una dosis de sesenta gotas de láudano, Mangan refleja como en ningún otro su agudeza intelectual, su escepticismo, su finísimo e irónico sentido del humor, su honda melancolía, su vasta cultura, su impresionante prosa y su despecho hacia el amor no correspondido. El "Poe" irlandés, prolífico y versátil, también nos ofrece cuentos que evocan los orígenes de la nación irlandesa -en forma de leyenda infantil- (El patán del abrigo gris), fábulas moralizantes al estilo oriental (Los tres anillos), historias de intriga y fantasía (Las treinta redomas), o el ya citado relato espectral (El hombre embozado).

En sus últimos años, el escritor vagó por las calles de Dublín como un pordiosero, dispuntándose las migajas de pan con otros mendigos, envuelto en su inseparable capote gris, cubiertos sus cabellos con un sombrero raído y sin despegarse jamás de su paraguas.

James Mangan tenía razón. La tumba fue capaz de revivirle; considerado hoy día como un autor imprescindible del siglo XIX, ojalá estas migajas postreras puedan llegarle hasta el Más Allá, si es que existe tal cosa.












jueves, 25 de agosto de 2011

DESCUBRIENDO A PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

En las tres últimas décadas del siglo XIX se completa el tránsito artístico del Romanticismo al Realismo. Es precisamente en esta época cuando la novela alcanza su mayoría de edad (1868) y se consolida como el modelo literario universal que hoy conocemos. El Realismo se acaba imponiendo en el viejo continente, pero como ocurre en los tránsitos —me atrevo a decir que en todos—, siempre queda un poso del movimiento anterior, que no muere, sino que muta y se transforma al calor del nuevo impulso estético, de modo que, añadidos cual estratos, estas dos sensibilidades conforman una amalgama tan uniforme como distinguible.

En este periodo también se produce un fenómeno de consolidación del cuento, publicándose, por un lado, en periódicos y revistas, y por otro, con la aparición de libros dedicados exclusivamente al relato breve (Obras, de Bécquer, 1871 o Narraciones inverosímiles, de Pedro Antonio de Alarcón, 1882 son dos buenos ejemplos).
En efecto, la huella romántica no desaparece del todo —seguramente nunca—; seguirá presente, pero irá adquiriendo elementos nuevos que no harán sino transformar y enriquecer sus raíces. Algunos de los mejores cuentos fantásticos se escriben precisamente durante el periodo en que triunfan las novelas realista y naturalista. Fuera de nuestras fronteras, sirvan como ejemplo ilustrativo los nombres de Balzac, Henry James, Dickens o Maupassant.

Aquí en España, autores que hoy día consideramos plenamente “realistas”, se sintieron atraídos por la literatura fantástica. Como una especie de legado oscuro y olvidado, hallamos maravillosos ejemplos de relatos fantásticos; escritores de la talla de Vicente Blasco Ibáñez, Clarín, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós o Pedro Antonio de Alarcón, así lo atestiguan.

Este último, encarna a la perfección los cambios acaecidos en el último tercio del XIX. Personaje fronterizo, rebelde en su juventud, conservador en la madurez, el granadino Pedro Antonio de Alarcón que, a diferencia de su coetáneo Bécquer, conoció el éxito de crítica y público en vida —hasta fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua—, creó una obra cuentística realmente admirable. No en vano, él mismo valoró siempre más sus relatos cortos que sus novelas.

Entre 1881 y 1882 aparecen tres colecciones que recogen todas sus narraciones breves: Cuentos amatorios, Historietas nacionales e Historias inverosímiles.

A grandes rasgos, los aspectos que reflejan la evolución del estilo de Alarcón frente al ideal romántico —que mantiene también en algunos aspectos como por ejemplo sus personajes femeninos, muy “arquetípicos”, en la línea de otros autores como W. H. Hodgson— son:
Primero: El fenómeno sobrenatural se produce en un mundo que refleja fielmente la vida cotidiana, aproximándose así al lector (canon que defiende el inglés M.R. James).
Segundo: Lo sobrenatural irrumpe sembrando dudas en el lector, cuestionando una visión positivista de la realidad.
Tercero: El fenómeno sobrenatural ya no es definido con nombres concretos (vampiro, demonio, fantasma…), sino que se torna vago y confuso; el propio escritor no acierta a definirlo (en el periodo realista se habla de visiones, apariciones etc…). Así, en el magistral e inolvidable relato de terror La mujer alta, el protagonista se pregunta angustiado ante lo inexplicable:

“¿Es Satanás? ¿Es la muerte? ¿Es la vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es?”

No creo exagerado afirmar que estamos ante un pionero en muchos aspectos, a la altura de los mejores, y al que mucho debemos. Sus relatos son un placer para el lector: fluidos, amenos, entrañables, urdidos con inteligencia y maestría.

Finalmente, cabe destacar entre su variada producción, además de historias terroríficas, interesantes incursiones en el género policial (El clavo), la historia nacional (El carbonero alcalde), o el costumbrismo (La buenaventura).

Sólo los grandes permanecen incólumes. Merece la pena descubrirlos.